La Orden de los Cartujos

El día típico de una monja cartuja

Fiestas y espaciamento : una comunión

La vida solitaria, sea en la celda, sea en las obediencias, inflama y alimenta en nuestros corazones el fuego del amor divino. De esta manera nos constituimos en miembros unos de otros.

Miembros de un mismo cuerpo, lo somos siempre, mas lo manifestamos de manera especial los domingos y días de fiesta: los encuentros son más frecuentes y se dedica un tiempo más prolongado a la reconfortante vida de familia. Tras haber cantado el oficio de sexta en la iglesia nos reunimos para la comida en el refectorio.

Réfectoire

Tercia y nona son igualmente cantadas en la iglesia.

Nuevamente nos volvemos a reunir, esta vez para un coloquio: es un encuentro de amistad y un compartir en profundidad a partir de la Palabra del Señor, a la luz de la cual nos esforzamos por orientar nuestra vida.

Una vez por semana, tenemos otro intercambio fraternal en el contexto de una caminata, que llamamos espaciamento y que dura alrededor de tres horas. De dos en dos, cada una puede dialogar fraternalmente con las demás, lo que favorece la unión de las almas y su florecimiento, acrecienta el afecto mutuo y nos ayuda a vivir en soledad.

Spaciement Spaciement

Situada a unos 200 metros del monasterio, una ermita alberga a los monjes cartujos que comparten nuestra vida litúrgica. El padre o los padres celebran la Eucaristía y los otros sacramentos. Como las monjas conversas, los hermanos realizan su vocación de oración y se encargan de los trabajos relativos a las necesidades de la casa.

Mas la comunión no existe solamente entre los miembros de una misma Cartuja, o entre todos los hijos e hijas de san Bruno. Es también una comunión con la Iglesia visible e invisible.

Escoger la vida solitaria no nos hace abandonar la familia humana. La unión con Dios, si es verdadera, no nos encierra en nosotros mismos, sino que por el contrario, abre nuestro espíritu y dilata nuestro corazón, hasta hacernos capaces de abrazar el mundo entero y el misterio de la Redención de Cristo.

Separadas de todos, estamos unidas a todos: y es así que, en nombre de todos, permanecemos en la presencia del Dios vivo. La oración solitaria es la parte que Dios y la Iglesia nos han confiado, nuestra cooperación con la incesante obra de Cristo :

« Mi Padre trabaja y yo también trabajo » (Jn 5,17)

Porque somos miembros de su cuerpo, nuestra oración es suya, nuestro silencio anuncia su buena nueva y nuestra vigilia, su venida.

Estar orientadas únicamente hacia Aquel que es, dilata nuestro corazón y lo vuelve capaz de llevar en Dios las aspiraciones del mundo.

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