La Orden de los Cartujos

Breves Informes sobre las Monjas Cartujas

Cartuja de Santa María de Benifaçà
12599 Puebla Benifasar
Castellón de la Plana (ESPAÑA)

Un poco de historia

Cuando Maestro Bruno, nuestro Padre y Fundador, se adentró en los bosques de Chartreuse (Francia) en el lejano junio de 1084, no sospechaba que sería Padre de una numerosa familia de monjes e incluso de monjas. El y sus seis compañeros, no pretendían más que encontrar " un lugar a propósito para la vida eremítica donde entregarse a la contemplación del Único Bien ".

Sólo después de la muerte de Bruno (1101) empezó la expansión de la forma de vida que él iniciara. Expansión que, al principio, revistió características propias: los primeros monasterios de monjes cartujos se constituyeron a partir de grupos monásticos ya existentes que adoptaron los "Costumbres" o Regla en vigor en Chartreuse. Más tarde esos grupos se unieron y formaron jurídicamente nuestra Orden. (1140).

Análogo, en cierto sentido, fue el origen de la rama femenina de la Cartuja. Las monjas de Prébayon (en Provenza, Francia), obtuvieron gracias al Beato Juan de España, cartujo de Montrieux, una copia de las " Costumbres " de la Cartuja y las adoptaron como Regla (hacia 1145). En esa época el concepto de "Regla" era muy amplio. Al escoger una, se la podía adaptar a las necesidades del propio monasterio, y eso es lo que hicieron las monjas de Prébayon: tomar las " Costumbres cartujanas " conservando al mismo tiempo ciertos usos peculiares, cosa perfectamente legítima, ya que ningún vínculo jurídico las unía a la Orden de la Cartuja. Su filiación jurídica se realizó hacia 1150-1155.

Esa filiación, al principio, fue principalmente de orden espiritual. El monasterio de Prébayon, situado en un lugar muy solitario, encontró en la espiritualidad cartujana el ideal que respondía a su estricta separación del mundo. Pero a nivel de observancia práctica, las monjas continuaron concediendo a la vida común un lugar más amplio que el previsto en las " Costumbres " para los monjes.

Al multiplicarse los monasterios de monjas cartujas, la Orden fue concediéndoles acceso a las diversas observancias cartujanas. Nunca, sin embargo, se apresuró por establecer la observancia clave de la vocación cartujana: la soledad estricta y personal. Se creía entonces que el temperamento femenino no era apto para asumirla en la misma proporción que los monjes, y se aceptaba esa creencia sin discusión.

Pasaron los siglos. Los monasterios cartujanos femeninos, aunque no exentos de flaquezas, conocieron épocas de fervor y santidad. Con todo, el sello que marca nuestra historia es una larga serie de tribulaciones que desembocan en la total extinción de nuestras casas, a raíz de la Revolución francesa (1791).

El año 1820 señala una nueva era: cinco monjas supervivientes de la Revolución, se reúnen y hacen resurgir nuestra vocación. Brotan las primeras fundaciones en Francia y luego en Italia. La vida cartujana femenina se organiza en todos esos monasterios según las antiguas y conocidas tradiciones: una separación formal del mundo y una vida común bastante intensa.

El siglo XX abre otros horizontes. Hacia mediados del mismo se dibuja una nueva corriente: las jóvenes generaciones de monjas presienten que el espíritu de desierto de la Cartuja, sólo puede vivirse plenamente si la observancia y estructuras externas están realmente de acuerdo con él. Un deseo cada vez mejor definido, bulle en un buen número de monjas: se anhela una vida cartujana plena, en la que la soledad ocupe un lugar semejante al que San Bruno y sus hijos le han concedido desde el principio. Lentamente se inicia una orientación hacia una soledad efectiva. Los actos comunes se reducen poco a poco, y, tras muchos tanteos y experiencias se llega a realizar lo que Bruno quiso para sus compañeros y lo que ciertamente hubiera deseado para aquellas que lo tenemos por Padre

Una auténtica vida solitaria - compartida fraternalmente.

Las monjas cartujas en España

Comparando la familia cartuja con otras Órdenes monásticas, se advierte que en la Iglesia somos " un pequeño rebaño ", y esto cabe aplicarlo de modo especial de la rama femenina. Nuestros monasterios, cuando más, no superaron el número de diez. Casi todos se concentraron en el sudoeste de Francia y en el norte de Italia: sólo hubo dos en Bélgica y hasta hace poco ninguno en España.

¿Cómo explicar que nuestro país, de tan honda tradición contemplativa y cartujana, haya tardado tanto en tener en su suelo a las hijas de San Bruno? Misterio de la Providencia, que puede esclarecerse algo considerando que la existencia de monjas cartujas ha sido, y es aún hoy día, ignorada en muchos ambientes eclesiásticos que sólo conocen la rama masculina. Además, en el pasado, algunas vocaciones a la vida cartujana femenina, preferían orientarse hacia otro género de vida contemplativa antes que verse obligadas a dejar nuestra patria. Por último, nuestra Orden siempre se ha mostrado reservada al promover las fundaciones, no aceptándolas más que si podía asegurar a las monjas una existencia verdaderamente solitaria e independiente.

Sin embargo, hacia 1949, en ciertos ambientes femeninos de España se despertó un vivo interés por la Cartuja, y, ante las repetidas demandas, el Capítulo General de la Orden, designó una Cartuja de monjas de Italia, la de San Francesco, para recibir y formar a las aspirantes españolas, mientras se procedía a buscar un lugar adecuado para establecerlas en España.

En 1960, se empezó la reconstrucción de la antigua abadía cisterciense de Santa María de Benifaçá (Castellón) para acondicionarla y transformarla en monasterio cartujano. En 1967, los edificios del interior de clausura estaban terminados, y un grupo de monjas españolas, procedentes de la Cartuja de San Francesco, depositaron en este desierto la primera semilla de la vida cartujana femenina en España.

Santa María de Benifaçá se halla en un paraje privilegiado: un rincón agreste, en plena montaña, un verdadero " desierto cartujano ". Sin embargo nuestro monasterio lleva inscrito en su estructura, la transición que hemos vivido las monjas cartujas en las últimas décadas. Iniciada su reconstrucción cuando el Capítulo General no se había pronunciado sobre nuestra orientación a la soledad personal, sus edificios, vistos del exterior, ofrecen el aspecto cenobítico propio de nuestras antiguas casas. Pero en 1975, se hicieron en el interior las necesarias modificaciones, de modo que las monjas disponemos de celdas y de un marco ambiental con todas las características propias de la vocación solitaria cartujana.

Ideal y espiritualidad cartujanos

Hablar de la espiritualidad y del ideal de la Cartuja, es dirigir sencillamente una mirada agradecida hacia la roca de que fuimos talladas, hacia nuestro Padre San Bruno. Este nombre evoca, para nosotras sus hijas, a aquel hombre de corazón profundo que se dejó seducir por la Absoluta Bondad de Dios y, renunciando a un brillante porvenir, se retiró al desierto de Chartreuse. Allí, permaneciendo a la escucha del Espíritu, concedió al Amor el derecho de ser el todo de su vida y ese Amor, desbordando del corazón de Bruno hasta el de los hermanos que con él vivían en el desierto, creó entre ellos un vínculo indestructible de caridad que nos han transmitido a través de los siglos.

Amor a Dios en el desierto " - " Amor a las hermanas que comparten nuestro desierto " son los dos polos fundamentales de la vocación cartujana. Nuestra vocación no suele ser muy conocida en lo que tiene de más peculiar: con razón se nos considera "monjas contemplativas", pues lo somos, pero es muy importante añadir algo esencial de nuestra vocación:

Somos una comunión fraterna de solitarias

Buscar la unión con Dios en el silencio y la soledad, son nuestro principal empeño y el ideal de nuestra vocación. Por lo mismo, la soledad impregna nuestra existencia interior y exteriormente. Nuestros monasterios se construyen, intencionadamente, en lugares apartados de toda población, y las celdas acondicionadas como ermitas, ofrecen a cada monja la posibilidad de una auténtica vida solitaria. Una Cartuja reproduce, hoy en día, lo que fueron en Egipto las "Lauras" al principio del monacato cristiano.

La vocación cartujana vocación Eclesial

Retirarse al desierto para pasar allí la entera existencia, es una decisión que sólo puede tomarse cuando en el corazón arde la íntima certeza, más o menos bien formulada, de que en el seno de la soledad se esconde un AMOR incomparable que no puede ser igualado por ningún otro amor. La soledad cartujana no es una huida, sino la respuesta a ese Amor, tan grande, que tiende a hacerse absorbente hasta ocupar la entera existencia.

La vocación cartujana, no es " un circuito cerrado con Dios ". Al llamarnos al desierto Dios pensaba en su Iglesia y en todos los hombres de buena voluntad y nuestra respuesta se la damos en tanto que miembros del Cuerpo de Cristo y como representantes de la entera familia humana. Deseamos ser el corazón adorante de la Iglesia y el corazón amante de la humanidad. Por eso, día y noche, desde nuestra soledad, elevamos al cielo la alabanza a Dios y en nombre de todos presentamos a Dios el grito de nuestros hermanos los hombres.

Abrazar la vida solitaria en la Cartuja no supone desligarse de la familia humana: separadas de todos permanecemos unidas a todos y en nombre de todos estamos en presencia del Dios vivo. No podemos ni queremos salvarnos solas; con nosotras arrastramos a todos los que buscan a Dios y a todos los que Dios busca. Nada escapa a la influencia de la oración: en el Cuerpo Místico de Cristo cumplimos la misión de arterias que, silenciosas y escondidas, transmiten incesantemente la sangre vivificante a los demás miembros.

Aunque no entra directamente en nuestra vocación ser testigos ante el mundo, nuestra misma existencia es, en cierto sentido, un verdadero testimonio. Al orientarnos hacia Aquel que ES, somos en nuestra sociedad como testigos de Dios, de su existencia, de su presencia en medio de los hombres. Nuestra vida misma intenta expresar que Dios puede colmar completamente un corazón humano y liberarlo de los condicionamientos de la sociedad de consumo, y así somos, en cierto modo, signos de la existencia de los bienes eternos.

No estará fuera de lugar señalar que la existencia de una monja cartuja es una experiencia de alegría divina. No necesariamente una alegría exteriorizante, sino la que brota espontáneamente ante la certeza de saber que el Amor de Dios está realmente presente en nuestra vida, alegría ante la certeza de saber que la nuestra es una existencia bien empleada pues une en un mismo abrazo a Dios y a todos los hermanos.

La comunidad cartujana

Desde su origen, nuestra Orden, como un cuerpo en el que no todos sus miembros ejercen la misma función, halla su unidad en diversas formas de vivir la soledad, que a su vez permite a los diferentes temperamentos realizar su vocación solitaria de acuerdo con sus posibilidades y aptitudes personales.

Las monjas del claustro, consagran su existencia en la soledad de la celda de la cual sólo salen para los oficios de Maitines-Laudes, la Misa conventual y las Vísperas. A ellas se les confían todas las tareas compatibles con la soledad de la celda.

Las monjas conversas, viven la soledad en el marco más amplio del monasterio y se ocupan de ciertas actividades incompatibles con la permanencia en la celdas.

Las monjas donadas, consagran su vida entera al Señor y se dan a Dios a través de una "donación" o promesa personal que supone un vínculo menos estricto que el de los votos monásticos.

Todas participamos de la misma vocación realizada de modo diferente, y gracias a esta diversidad, la familia cartujana cumple con mayor perfección su misión en la Iglesia. Estas diversas formas de la vida cartujana, en la unidad de un mismo cuerpo, poseen gracias diferentes, pero hay entre ellas una comunicación de bienes espirituales que las complementan mutuamente. Este armonioso equilibrio lleva a su plenitud el carisma confiado por el Espíritu Santo a nuestro padre San Bruno. Así cada monja (del claustro, conversa o donada) expresa a su manera las riquezas de una vida enteramente consagrada a Dios en la soledad.

Soledad y vida de comunidad

Una parte notable de la jornada de la monja cartuja, transcurre en la soledad. En la celda celebramos a diario buena parte del Oficio Divino, es decir:

  • PRIMA a primera hora de la mañana.
  • TERCIA después de la Misa conventual.
  • SEXTA antes del almuerzo del mediodía.
  • NONA después de dicha comida.
  • COMPLETAS antes del descanso.

Igualmente en la soledad de la celda, cada monja se consagra a diario a la oración personal, lectura, “lectio divina”, estudio.

Entre semana, todas las comidas las tomamos solas en la celda.

La observancia de la soledad, está equilibrada en la Cartuja por una justa proporción de vida común. El eje de nuestra vida comunitaria lo constituye la Liturgia que nos reúne en la iglesia tres veces al día:

  • MAITINES LAUDES a media noche.
  • la EUCARISTÍA matutina.
  • VÍSPERAS a media tarde.

Los domingos y días festivos se concede mayor lugar a los encuentros fraternos. Las horas menores de Tercia - Sexta - Nona se cantan en el coro. Tomamos juntas en el refectorio el almuerzo, y después de Nona tenemos una reunión capitular. Por último, una vez por semana un largo paseo de tres horas, al aire libre, contribuye a fomentar el amor mutuo y nos aporta el equilibrio necesario para vivir luego mejor nuestra soledad.

Ascesis cartujana

Ante la llamada de Cristo, hemos prometido dejarlo todo para seguirle. Esa es la razón de la ascesis cartujana.

A la ascesis propia de todo cristiano, y teniendo en cuenta nuestro modo peculiar de vida, añadimos:

  • régimen de comidas muy sencillo, con abstinencia perpetua de carne y de lacticinios todos los viernes del año.
  • interrupción del sueño, ya que el Oficio nocturno de Maitines y Laudes empieza aproximadamente a medianoche.
  • ausencia de relación con el exterior, exceptuando el encuentro con nuestros familiares más cercanos dos días al año. La correspondencia epistolar, se reduce también a la familia; las visitas de amigos las evitamos, conscientes de que Dios merece ese sacrificio, sin duda más provechoso a los hombres que nuestras palabras.

Etapas de la formación

Se requiere una formación prolongada para adentrarse en el desierto cartujano con paso firme. El tiempo de formación es idéntico para todas las monjas, y dura al menos siete años que se reparten así:

  • de seis meses a un año de postulantado.
  • dos años de noviciado.
  • tres años de profesión o votos temporales (o de donación temporal).
  • renovación por dos años de la profesión o donación.
  • profesión solemne o donación perpetua.

Después de la profesión solemne o la donación perpetua, las monjas que libremente lo escogen pueden recibir la consagración virginal, rito cuya tradición ha estado siempre en vigor en nuestra Orden.

Requisitos para ingresar en la cartuja

La soledad fascina los ánimos, pero no se debe ignorar que puede resultar una dura prueba. Hemos sido creadas para vivir en sociedad, y no es raro que quienes suspiran por una vida solitaria sean incapaces de sobrellevar el austero desprendimiento exigido por la soledad. Para no reducirse a un estéril aislamiento, la soledad requiere:

  • Deseo sobrenatural de buscar la unión con Dios en la soledad y silencio.
  • Espíritu de oración, fe bien templada, recto juicio,
    con una buena base de sentido común.
  • Fidelidad en la obediencia, y el corazón humilde y pobre
    de un discípulo consciente de que tiene mucho que aprender.
  • Temperamento equilibrado y carácter alegre, sociable y sencillo,
    sin inclinación a la melancolía o escrúpulos.
    El apego a la propia voluntad, la búsqueda de singularidades,
    la tendencia a la exaltación espiritual o una excesiva necesidad de actividad
    o de iniciativas exteriores, son a priori signos poco favorables.
  • Una edad que oscile entre los 20 y 35 años.
  • Buena salud física y psíquica. Buen sueño.
  • No haber hecho profesión en otro Instituto u Orden religiosos.
  • Carecer de deudas y no tener que mantener a sus padres.

Horario de una jordana en la cartuja

La celebración de la Liturgia a horas fijas nos une a todas las monjas en la oración, y estructura nuestra jornada. Este es el horario más corriente:

NOCHE
11.45 hs. Levantarse
12.00 hs. Maitines de la Virgen María (en la celda)
12.30 hs. MAITINES Y LAUDES (en la iglesia)
02.30 hs. Laudes de la Virgen María (en la celda)
Descanso
DÍA
06.30 hs. Levantarse
07.00 hs. PRIMA (en la celda)
07.15 hs. Oración
08.00 hs. EUCARISTÍA CONVENTUAL.
09.15 hs. TERCIA (en la celda)
09.30 hs. "Lectio divina"
Estudio - trabajo
11.45 hs. SEXTA (en la celda)
12.00 h. Angelus - almuerzo (en la celda)
Tiempo libre
13.15 hs. NONA (en la celda)
Trabajo
16.00 hs. VÍSPERAS
16.30 hs. Oración - lectura (en la celda)
17.30 hs. Cena (en la celda)
Tiempo libre
18.30 hs. Oración
19.00 hs. Angelus - COMPLETAS
19.45 hs. Descanso
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