La Orden de los Cartujos

Las Monjas Cartujas

« En medio del torbellino del mundo,
la cruz permanece estable. »

Sucinta cronología

Origen de la Orden cartujana

El año del Señor 1084 Bruno, “ ardiendo en amor divino ” entró con seis compañeros en el desierto de Cartuja, y se instaló allí realizando su proyecto de formar juntos una comunión de solitarios viviendo en contemplación para solo Dios.

En 1090, Bruno debe partir de su querida Cartuja y trasladarse a Roma obedeciendo a la llamada del Papa Urbano II, antiguo discípulo suyo, que le pedía su colaboración en la Santa Sede. Pero unos meses más tarde, consigue convencer al Papa de su vocación contemplativa y vuelve a la soledad fundando un nuevo eremitorio en Calabria al sur de Italia. Muere el 6 de octubre de 1101 sin dejar a sus hermanos ni regla ni proyecto de Orden, únicamente algunos textos escritos, pero legándoles un espíritu y el ejemplo de su vida.

Siguiendo la senda de Bruno, sus compañeros permanecieron en el desierto de Cartuja bajo la dirección del Espíritu Santo, y, guiándose por la experiencia, fueron creando gradualmente un género de vida eremítica propio. A partir de 1115, se fundaron otros eremitorios a imitación del de Cartuja y a sus instancias apoyadas también por San Hugo, obispo de Grenoble, Guigo, quinto Prior de Cartuja, puso por escrito dicho género de vida.

En 1127 todos la acogieron decidiendo conformarse a ella en todo. En las “Costumbres” de Guigo se transparenta la atmósfera de silencio y soledad, de austeridad, paz y alegría en la que vivieron los primeros cartujos.

Los Estatutos actuales de la Orden conservan toda la “médula” espiritual y las principales observancias, en un desarrollo armonioso.

Hacia 1140, bajo el priorato de San Antelmo, tuvo lugar el primer Capítulo General en la Casa Madre: la Gran Cartuja, al cual todas las Casas prometieron obediencia para siempre. En nuestros días, el Capítulo General, que constituye la suprema autoridad de la Orden, se reúne cada dos años.

Al rededor de 1145, las monjas de Prebayón en Provence (sur de Francia) abrazaron espontáneamente el modo de vida cartujano.

Respondiendo a su petición San Antelmo, con la ayuda del Beato Juan de España, a la sazón prior de Montrieux, les dió las “Costumbres” cartujanas. Éste fue el origen de la rama femenina de la Orden Cartujana.

Monjes y monjas

Las dos ramas, masculina y femenina de la Orden, se inspiran ambas en el carisma de San Bruno, formando conjuntamente una sola familia monástica. No obstante cada una posee una organización y gobierno propios, con Capítulo General separado presidido por el Prior de la Gran Cartuja que desempeña al mismo tiempo el papel de Ministro general de la Orden.

Vida de soledad en la celda

Entre las diferentes familias religiosas consagradas a la vida contemplativa, el rasgo característico de las monjas cartujas es la vida de soledad en la celda, en cuyo marco concreto, se encuentra expresada su vida. En un monasterio cartujo, que debe estar suficientemente alejado de toda vivienda humana, cada monja vive en una “celda” que comprende un eremitorio y un jardín. En dicho eremitorio, la ausencia de todo ruido invita a la interioridad y a la soledad en una vida de intima unión con Dios, escuchando su Palabra. La mayor parte de la vida de la monja cartuja se desliza en dicha celda, ella es el marco habitual de sus ocupaciones diarias: oración litúrgica y personal, lectio divina, trabajo, comidas, descanso.

Al compás de la oración

A media noche, las monjas se reúnen en la iglesia para celebrar el Oficio de Maitines y Laudes. Esas largas horas de oración nocturna son propicias a la contemplación, en la espera vigilante de la vuelta del Señor (cf. Lc. 12.35-40) y la súplica por la venida del Reino. Al final de la jornada las monjas se reúnen de nuevo en la iglesia para cantar las alabanzas de la tarde (Vísperas) que invitan al recogimiento y reposo espiritual.

La Misa conventual se canta cada día. El sacrificio eucarístico, es el centro y cima de la vida cartujana, viático espiritual de nuestro Éxodo, que, en el desierto de nuestra vida solitaria nos conduce por Cristo al Padre.

Los otros Oficios se celebran en la soledad de la celda. Al toque de campana, orando todas a la vez, toda la Casa se convierte en una alabanza a la gloria de Dios. Mientras celebran el Oficio divino, las monjas se transforman en la voz y el corazón de la misma Iglesia, que por medio de ellas ofrece a Dios Padre, en Cristo, culto de adoración, alabanza y súplica, y pide humildemente perdón en nombre de todo el Pueblo de Dios.

La monja tiende a ofrecer a Dios un culto incesante. En su vida, la oración litúrgica y solitaria se completan armoniosamente. La meditación asidua de la Sagrada Escritura, los tiempos de intensa oración personal y el estudio crean en ella una disposición de amorosa escucha que introducida poco a poco en lo profundo de su corazón por la gracia del Espíritu, podrá ya no sólo servir a Dios, sino también unirse y adherirse a Él.

La liturgia cartujana está marcada por la vocación eremítica. Nuestro canto gregoriano, que fomenta la interioridad y la sobriedad del espíritu, es parte tradicional y sólida del patrimonio de la Orden conservada desde su origen. Los textos y rubricas de la misma han sido revisados siguiendo la orientaciones del Concilio Vaticano II.

La bienaventurada Virgen María

“ Nuestros yermos están dedicados en primer lugar a la Santísima Virgen María y a San Juan Bautista, nuestros principales patronos en el cielo… Además del Oficio divino, nuestros Padres nos transmitieron el Oficio de la bienaventurada Virgen María, cada una de cuyas Horas suele preceder a la Hora correspondiente del Oficio divino. Con esas preces se celebra la perenne novedad del misterio por el cual la bienaventurada Virgen engendra espiritualmente a Cristo en nuestros corazones ” (Estatutos de la Orden Cartujana). Además de honrar con esos Oficios a María, a la que solemos llamar Madre singular de los Cartujos, la veneramos y honramos con el rezo del Ángelus cuatro veces al día, y con el rezo de un Avemaría cada vez que entramos en la celda; cada semana, normalmente el sábado, se celebra conventualmente en todas las Casas de la Orden una Misa en su honor; en la fórmula de profesión se la nombra explícitamente… A más de tales costumbres, se estimula a todas a fomentar una profunda y filial relación amorosa con María.

“ María, figura de la Iglesia, Esposa sin mancha ni arruga, que imitándote «conserve virginalmente una fe integra, una esperanza firme, una caridad sincera», sostén las personas consagradas que tienden a la beatitud única y eterna ” (Vita consacrata 112).

Vida fraterna y lugares conventuales

No obstante la monja cartuja no es una eremita aislada. En ciertas ocasiones se reúne con sus hermanas. Para ello las celdas dan a un claustro que conduce a los diferentes lugares comunes: iglesia, capítulo, biblioteca, refectorio. Los domingos y días de fiesta, nos reunimos más a menudo dando lugar a las expansiones de la vida de familia. Comemos juntas en el refectorio, después de cantar el Oficio de Sexta en la iglesia. Tercia y Nona se cantan también en la iglesia. Además nos reunimos en coloquio para un intercambio fraterno en el que participamos la Palabra de Dios (o documentos de la Orden). Una vez a la semana damos un paseo común de varias horas por los alrededores del monasterio, teniendo la posibilidad de dialogar de dos en dos en un intercambio más personal. Las reuniones conventuales son ocasión para manifestarnos nuestro amor, expresando con palabras y obras nuestra alegría de vivir juntas, renunciando de todo corazón a nosotros por nuestras hermanas. Excepción hecha de dicho paseo, las monjas observan la clausura que “ crea un espacio de separación, de soledad y de silencio en el cual poder buscar con más libertad a Dios y en donde vivir sólo para Él, con Él y también únicamente de Él ” (Verbi Sponsa 5). Estas reuniones fraternas estrechan más el vínculo de la caridad, fomentan el amor mutuo y ayudan a vivir mejor la soledad.

La familia cartujana: armonía en la diversidad

Desde sus orígenes, nuestra Orden, como un cuerpo cuyos miembros no tienen todos la misma función, halla su unidad en diversas formas de vida complementarias entre sí. La vocación de las monjas del claustro está principalmente caracterizada por la búsqueda de Dios en el silencio y la soledad de la celda. Las monjas conversas, por su parte, asocian al silencio y la soledad de su vocación una participación más activa en los trabajos al servicio de la comunidad. Tanto unas como otras son monjas, y participan de la misma vocación contemplativa y solitaria, aunque en un marco diferente según la diversidad de la llamada divina y de las aspiraciones y aptitudes personales.

Trabajo contemplativo

Las monjas del claustro ejecutan en la celda diversos trabajos manuales (costura, encuadernación, trabajos humildes, dactilografía, pintura de iconos, tejido artesanal etc.). Las monjas conversas, proveen a las diversas ocupaciones propias a la marcha de la casa (cocina, limpiezas etc.) si bien a veces deben ayudarse mutuamente, normalmente trabajan solas. Además la monja conversa cada día pueden reservar un tiempo en la celda para ocupaciones semejantes a las que realizan las monjas del claustro.

Para todas, trabajar unida a Jesús, como él lo hizo oculto en Nazaret, es una obra contemplativa. La unión a la voluntad de Dios Padre ejecutando los trabajos señalados por la obediencia, para el bien de la comunidad, es el alimento inagotable de quien está hambrienta de Dios. Por otra parte, la participación del cuerpo facilita la oración como diálogo sencillo e incesante con el divino Huésped de nuestro corazón. Los trabajos rudos o pesados convidan a la monja a unirse íntimamente a la pasión de Cristo, nuestro Salvador.

La formación: largo camino para alcanzar la madurez

Quien aspira a permanecer en la Cartuja debe aprender a interiorizar poco a poco el espíritu y las tradiciones de la Orden. Debe asimismo aplicarse a desprender su corazón de todo lo que podría ser un obstáculo para la unión con Dios, a fin de hacer de su vida una continua oración.

La formación es larga y numerosas las etapas que preparan a la monja para la emisión de los votos definitivos o solemnes: varios meses, y si necesario un año de postulantado, dos años de noviciado, tres años de votos temporales, que son renovados por dos años más. Finalmente la monja es invitada al don total y definitivo de sí misma mediante la profesión solemne. Poco más tarde, quienes lo desean, pueden recibir la consagración virginal que la Orden ha conservado desde su origen.

Además “ la formación permanente forma parte de las exigencias de la consagración religiosa… A causa de los límites humanos, la persona consagrada no puede considerar terminado el nacimiento de ese nuevo ser, que experimenta en sí, en todas las circunstancias de su vida, los mismos sentimientos de Cristo ” (Vita Consecrata 69).

Hospitalidad

Dada la forma especifica de nuestro genero de vida solitaria, sólo las aspirantes a la vida cartujana pueden ser admitidas en nuestras comunidades una o dos veces al año. Misión de las monjas cartujas

Misión de las monjas cartujas

“ Cuánta utilidad y gozo divino traen consigo la soledad y el silencio del desierto a quien los ame, sólo lo conocen quienes lo han experimentado ” (San Bruno). Pero la monja cartuja no ha escogido “la mejor parte” (cf. Lc. 10.42) para sólo su provecho personal y exclusivo. Al abrazar la vida oculta, no abandonamos a la familia humana, sino que, consagrándonos a solo Dios, cumplimos una misión en la Iglesia en nombre de todos y por todos. Nuestra unión con el Señor, si es auténtica, dilata el corazón y nos capacita para abarcar en Él los afanes y problemas del mundo.

Si las monjas cartujas han escogido la soledad en la que voluntariamente se imponen tales limitaciones, es con el único fin de estar más abiertas al absoluto de Dios y a la caridad de Cristo, manteniéndose vigilantes para huir de todo egoísmo y viviendo con gran sencillez. Entonces la Palabra de Dios colmará su silencio. Mediante el desasimiento de las cosas y el trabajo, serán solidarias con todos los que sufren, dondequiera que estén, y en el corazón de la humanidad, si bien ocultas al mundo, serán el recuerdo inextinguible de su origen divino, la constante evocación del destino espiritual de todo hombre, porque vive de la misma Vida de Dios.

En el silencio y la soledad, mediante la escucha de la Palabra de Dios, la práctica del culto divino, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, los contemplativos orienten toda su vida y actividades hacia la contemplación de Dios. De ese modo ofrecen a la comunidad eclesial una prueba única del amor de la Iglesia a su Señor y contribuyen con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del pueblo de Dios ” (Vita Consecrata 8).

Signos visibles

Poco se apercibe exteriormente la “presencia en el mundo” de las monjas cartujas, su parte es permanecer ocultas en secreto ante la Faz de Dios.

Escogiendo vivir en la soledad por Dios sólo, desean orientar hacia Él los sufrimientos de todos los hombres, transmitiéndoles a su vez mediante la oración, el amor que les da vida.

Especialmente unidas a quienes anuncian el Evangelio, sufren con ellos las dificultades de un mundo que rechaza la fidelidad y los vínculos de por vida.

El carisma de nuestro fundador, tal como es descrito por un monje de su época, fue seguir una “ luz del oriente, la de aquellos antiguos monjes que, caliente aún en sus corazones el recuerdo de la Sangre recién derramada por el Señor, llenaron los desiertos para dedicarse a la soledad y la pobreza de espíritu ”.

Sabemos que nuestra responsabilidad en la Iglesia es seguir dicha luz aunque permanezca oculta a los ojos de nuestros contemporáneos, a ejemplo de la Virgen María, Madre de Jesús, que escogió la virginidad en una época en que dicha virtud se consideraba sin valor.

Como monjas, queremos asumir el papel que nos confía la Iglesia ya que la mujer es de manera especial apta para conservar los valores, como María que “ conservaba todas las cosas en su corazón ” (Lc. 2.51). Esta influencia educadora, a menudo silenciosa, ha tenido un papel importante en la historia.

La dimensión esponsal de nuestros vínculos nos invita, en íntima comunión con el amor de Cristo, a dar con Él la vida al mundo.

Proyectos

El santo Padre anima con insistencia a los institutos de vida contemplativa a establecerse en las jóvenes iglesias a través del mundo.

Nuestro profundo agradecimiento a los obispos y a las comunidades eclesiales que, apreciando el valor de la oración gratuita, crean un clima favorable a las fundaciones de vida contemplativa.

Dada nuestra vocación de solitarias, nuestra participación en la vida de la Iglesia local se presenta bajo aspectos muy reducidos, pero la exigencia de una profunda comunión con dicha Iglesia local es, con la gracia de Dios, fuerte y vigorosa.

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