La Orden de los Cartujos

La vocación de las monjas cartujas

La celda, universo de la monja

La celda, universo de la monja cartuja

Comida, descanso, trabajo, lectura, oración no tienen habitualmente otro marco. Oración solitaria, trabajo solitario…

¿No parecen interminables las horas, y los días monótonos?

Lo serían si la monja estuviese sola consigo misma.

Pero no lo está.

Ama.

Ama a un Dios oculto, desde luego, pero su presencia cierta la colma de alegría.

Trabajo, comida, descanso todas estas realidades que conforman la vida de los hombres son tenidas por la monja cartuja en tan gran estima que hace participar a Dios mismo de ellas.

Es con Él que las vive, con Él sólo.

Con Él solo, en el silencio de su celda.

Con Él, en el silencio de su corazón.

Silencio de María de Nazareth. Nadie lo podrá sondear.

Es fuente inagotable de luz y de fuerza para la monja contemplativa.

Le ayuda a buscar a Dios, oculto en lo cotidiano.

¿Lo cotidiano?

A lo largo de los días, solamente las “nadas”: una costura por hacer, un libro por abrir, una comida por tomar.

Nada.

Dios está allí.

Nada tampoco en el taller de Nazareth; sólo las maderas y la viruta.

Dios estaba allí.

Dios quería que el hombre cepillara con toda la fuerza de sus brazos. Toda su atención puesta en la madera, en el cepillo… Y el cliente quedaba satisfecho, y su padre, José, y su Padre del Cielo.

Aún si Dios parece ausente y el peso del día agotador, la costura está allí, esperando ser hecha; el libro está allí, esperando ser abierto; la comida está allí, esperando ser tomada.

Cristo espera; Él también.

La cartuja lo cree con todas sus fuerzas;

pone toda su atención en la costura, el libro, la comida.

¿Le dirá Dios que así ella lo hace feliz?

Se lo dice, pero con un silencio tal que con frecuencia no lo puede comprender.

Lo sabe por la fe, como María.

Toda la monotonía del desierto, sin su vasto horizonte.

Sin embargo…

El universo está presente en la celda de una monja cartuja

Sin que sea necesaria la televisión, el silencio de la celda resuena con todos los llamados del mundo.

El silencio de su corazón está a la escucha de Cristo, de Cristo en su Evangelio, pero también de Cristo en todos sus hermanos.

Cuando Jesús estaba en oración en el desierto o en la montaña, estaba completamente libre al Amor de su Padre, en el Espíritu; completamente libre al amor de todos los hombres.

La monja cartuja continúa y actualiza la oración de Jesús en el desierto.

En Él sufre todos los sufrimientos;

en Él se embarca en todos los combates por la justicia;

en Él resucita y hace germinar las semillas de resurrección depositadas en el universo.

Sufrimiento y alegría a causa de Cristo, del Cristo total; imploración y alabanza.

Por muy abierta que la monja pueda estar al Espíritu, ¿Quién le asegurará que no se extravía en su desierto? ¿Qué nube la guiará?

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