La Orden de los Cartujos

La vocación de las monjas cartujas

En el desierto

Junio, 1084.

¿Por qué se interna Bruno en el bosque? ¿Qué busca en medio de estas rocas y riachuelos saltarines? Cuanto más se aparta Bruno de las casas y de los caminos de los hombres, más crece su entusiasmo, entusiasmo que comparten sus seis compañeros.

Llegados al corazón del desierto de Cartuja, se construyen unas pobres chozas…

Durante aquellos meses, la nieve amiga coronó su soledad y su alegría.

¿Era este acaso un grupo de descontentos que huían de las responsabilidades del mundo buscando retornar a la naturaleza salvaje?

Estas aspiraciones podían bastar, ciertamente, para convocar a los hombres, y en gran número…

Por algunos años, sí.

Por algunas décadas, también; si bien es cierto que la mayoría de las veces el tiempo de vida de tales grupos es generalmente efímero.

Mas ¿cómo explicar que la austeridad del desierto de Cartuja haya seguido atrayendo hombres a través de siglos y siglos?

¿Por qué razón es que Bruno y sus compañeros –los primeros cartujos– han tenido tantos discípulos hasta nuestros días?

Ni el desprecio del mundo, ni la atracción por la naturaleza y por lo rústico, ni la posibilidad de un trabajo intelectual intenso podrían hacer comprender tal supervivencia.

No es tampoco por tales motivos que en el siglo XII las primeras cartujas escogieron la soledad.

No es por tales motivos que las cartujas la siguen escogiendo aún hoy. Una prueba sería la rapidez con la que renuncian a sus proyectos las aspirantes movidas por una u otra de esas razones.

Entonces, por qué vienen?

Las monjas, ¿son seres más o menos desencarnados, ausentes de las realidades terrestres y de sus exigencias, y que quieren evadirse en el más allá?

No, ya que es necesario entregar por completo todos los recursos del cuerpo y del corazón, de la voluntad y del espíritu, si se quiere permanecer en el desierto de Cartuja.

Una vida intensa, donde se compromete la propia humanidad entera, esta es la auténtica vida cartujana. Para asumirla plenamente se necesita realismo.

Esto es mucho decir, dirá el lector, mas ¿dónde está esta vida intensa de la que habla usted?

Escoger la soledad, ¿no es acaso privarse deliberadamente de todas las riquezas que aportan el descubrimiento del universo y el contacto con los otros?

Una vida devaluada, mezquina e insípida…

Sí, definitivamente que sería así, si no hubiera Alguien que le dé sentido y plenitud:

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