La Orden de los Cartujos

La vocación de las monjas cartujas

Monjas conversas y monjas de claustro

Cuando uno ha sido alcanzado por este silencio de Dios, ya no existe más, por un lado el trabajo, y por el otro la oración.

Ya no existen algunas monjas disponibles para la oración y otras para el servicio.

Todas tienen la misma vocación, y viven ambas formas de disponibilidad.

Es solamente el modo de realización concreta que difiere un poco según el llamado de Dios, las aspiraciones y aptitudes de cada una. Dios le ha dado a algunas la carga de una soledad austera en el marco bien delimitado de la celda. Y no salen de ella más que para la Misa, las Vísperas, el Oficio nocturno y algunos momentos de distensión.

Son útiles a la comunidad por un trabajo efectuado tanto cuanto sea posible en la celda.

Las otras monjas pasan también en la celda gran parte de su tiempo, leyendo, orando o trabajando, aunque tienen asimismo a su cargo trabajos que no pueden ser realizados allí.

No obstante, esta vida de soledad menos rigurosa, más adaptada a ciertos temperamentos, también es austera por la vigilancia que requiere. Al moverse por el monasterio, estas monjas «conversas» deben estar atentas a conservar la soledad interior.

«Conservar la soledad interior» ¿Qué quiere decir?

Es conservar el espíritu y el corazón para Dios, estar vuelta hacia Dios, según el cabal significado del término «conversa».

Contemplativas solitarias lo son todas, ya sea que estén llamadas a permanecer en la celda o a ser conversas.

Ambas formas de vida son complementarias, indispensables para que se cumpla la vocación de un monasterio cartujo. En efecto, ni las monjas que permanecen en la celda ni las conversas realizan por sí solas el ideal cartujano. Es por la cooperación de todas, por su servicio visible e invisible, en el amor, que se desarrolla la vida en el interior de un monasterio cartujo.

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