La Orden de los Cartujos

La vocación de las monjas cartujas

Profesión solemne – Consagración virginal

Luego de dos años, si tanto la comunidad como ella misma consideran que se confirma el llamado de Dios, mediando una madura reflexión y en plena libertad, la novicia se vincula más a Dios y a la Orden cartujana. Expresa el don de sí misma, que se propone unir al de Cristo, haciendo profesión de estabilidad, obediencia y conversión de costumbres por tres años.

Seguido a esta etapa, podrá renovar los votos por dos años. Si es Jesús quien ha hecho nacer esa vocación, Él mismo llevará a buen término la obra comenzada: sigue el compromiso definitivo o profesión solemne.

Numerosas son las moradas en la casa de Dios: así como existen las monjas de claustro y las conversas, también están las donadas. Se han unido a la soledad de la cartuja para consagrar toda su vida al Señor, pero sin hacer votos y de una manera adaptada a las necesidades de cada una.

La donada se convierte en miembro de la Orden por un compromiso llamado donación. Luego de cinco años de donación temporaria puede hacer la donación perpetua o elegir renovar su donación cada tres años.

Después de la profesión solemne o la donación perpetua las monjas pueden recibir la consagración virginal. Este es un rito solemne por el cual la Iglesia establece a la virgen en un estado de pertenencia a Dios. Las monjas cartujas lo han conservado como un signo concreto del llamado que el Señor dirige a la Orden de llevar una vida puramente consagrada a Él. La ofrenda que la monja hace a Dios de su virginidad durante la consagración invoca una efusión particular del Espíritu Santo.

La virginidad por el Reino de Dios es un don del Señor: en su dimensión profunda es la pureza de un corazón ordenado totalmente a su Dios. Jesús, en su amor redentor, virginiza a su esposa y ofrece a todas el don de un corazón puro.

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