La Orden de los Cartujos

La vocación de las monjas cartujas

Solitaria, pero no aislada

Una cartuja no es una ermitaña, sino una solitaria unida profundamente a otras solitarias por el Espíritu que las ha llamado.

Alimentadas del mismo Maná en su desierto por el Sacrificio eucarístico, forman juntas una sola célula de este cuerpo que es la Iglesia.

Célula inseparable de otras: toda la Iglesia canta cuando las monjas se reúnen en el templo para el oficio de la noche y Vísperas.

Con la voz de las cartujas, el universo entero alaba al Señor. Durante la vigilia nocturna toda la creación expresa su espera en los cielos nuevos y la tierra nueva.

¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22, 20).

Comunión en la espera que se manifiesta por el Oficio, pero también por toda la oración de las cartujas, por todas sus actividades, tareas o descansos, para toda la vida.

Unión fraterna de oración silenciosa y solitaria, completamente vuelta hacia Aquel que es: así está caracterizada esta vida.

Estar comprometida junto a otras en la misma búsqueda de Dios ayuda a cada monja a responder a su vocación de soledad.

La cartuja no ora por su cuenta; su oración le pertenece a la comunidad. No existen oraciones yuxtapuestas, sino una única oración.

Cada cartuja es responsable de la vitalidad de esta oración, de la profundidad de soledad del conjunto.

Sus labios murmuran los salmos y ella sabe que expresa toda la imploración y toda la alabanza del Hijo del Hombre, todo el sufrimiento y toda la alegría humanos.

Cuanto más fuerte es la presencia de Dios, más que nunca se actualiza la presencia del universo en una celda solitaria.

En ese sitio una monja recita el Oficio y es toda la Iglesia quien ora, porque la Iglesia le encomienda la tarea de cumplir un verdadero ministerio en nombre de todo el pueblo de Dios.

Las Horas canónicas marcan el ritmo de la jornada con su ritmo regular, y hacen de toda la vida un único himno al Padre.

Este himno encuentra su plenitud cada día en el Sacrificio eucarístico.

Ser una unidad es imposible sin una perfecta disponibilidad.

Disponibilidad para con Dios por la oración.

Disponibilidad para el servicio en el seguimiento del Servidor.

“Aquí estoy, porque me has llamado…
Habla, Señor, que tu siervo escucha”
(1 Sam 3, 6.9).

Aquí estoy por ti, Señor, a la escucha de tu Palabra.

Aquí estoy por los otros, a la escucha de sus necesidades.

Tú estás, sin cesar, intensamente, atento a todos y yo no puedo escucharte sin estar en comunión con tu solicitud.

Escucharte es penetrar en tu silencio que lo envuelve todo con un amor ilimitado.

Silencio vivo donde todo brote crece.

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