La Orden de los Cartujos

Alma de San Bruno

Antes de adentrarnos en el alma de San Bruno, debemos tener en cuenta que los rasgos de su alma, no se dieron en síntesis y de una vez. Hubo en él un crecimiento dinámico, entretejido de purificaciones, llamadas del Espíritu y entregas del alma, del que sólo percibimos reflejos. En una primera etapa, los veinte años de magisterio, amplía su saber bíblico, y ejercita y aviva, con el caso de Manasés, su sentido eclesial. La persecución acrisola su amor. Una vehemente irrupción del Espíritu llamándolo al desierto y su generosa respuesta rematan esta fase. Sigue un segundo período de búsqueda de sitio y de forma de observancia monástica. Otra prueba trunca estos afanes, la llamada ineludible a Roma. Y una serie de íntimas renuncias, a Chartreuse, a Roma, a Reggio, van coronando y perfilando su carisma. En la última etapa vive con intensidad su vocación contemplativa y se prepara para la llamada definitiva a la Patria. Todos estos acontecimientos, fueron forjando su alma.

En este itinerario, una serie de notas personalísimas se fueron estructurando sobre tres grandes coordenadas. En la sabiduría descansa su vida contemplativa, la docilidad a la escuela del Espíritu Santo, su ponderación y equilibrio. En la bondad estriban su amor y fidelidad a Dios, la obediencia y el gozo, el culto litúrgico y otras manifestaciones cenobíticas. En la simplicidad se fundan la aspiración al Único necesario, el silencio y soledad eremíticos, la estabilidad y la pobreza.

Monje como tantos otros de su siglo, y más especialmente eremita como muchos, no busca en modo alguno una fórmula singular. Pero la vida monástica vivida por él ha recibido una tonalidad propia debida a las aspiraciones de su alma y a su temperamento personal, tonalidad que se ha conservado sin duda alguna como el sello característico de su Orden.

Soledad

Hemos visto aparecer ante nosotros, cada vez más claramente el amor de San Bruno hacia la soledad. Sabemos que pese a las llamadas que le han solicitado repetidas veces hacia la vida activa, ha vuelto siempre a la vida contemplativa llevada en el yermo. El testimonio de su predilección por este género de vida se mostró en ciertas circunstancias con vigor excepcional.

Ante todo San Bruno ansía para su búsqueda del Señor un desierto lejos de los hombres. En la Cartuja, Dios le había deparado una soledad inaccesible. Escribirá a Raúl Le Verd: " Cuánta utilidad y gozo divino traen la soledad y el silencio del yermo a quien los ama, sólo lo conoce quien lo haya experimentado…".

Aunque no poseyéramos otro texto, bastaría éste para caracterizar los atractivos de su alma. Al leer estas líneas se palpa que la soledad es para Bruno un elemento esencial de su vocación y el lugar de su encuentro con Dios.

Unas líneas más abajo, en la misma carta, Bruno repite las mismas ideas, casi las mismas palabras. Se trata de algo que lleva grabado en el corazón. El desierto engendra en quien a él se entrega, gozo y utilidad, pero de una calidad muy especial, por ser divinos. A sus ojos, el único verdadero gozo, la única utilidad digna de tal nombre es encontrar a Dios y dejarse transformar por Él. En términos apenas velados acaba de entregarnos su secreto; lo que añada luego, no hará más que precisar el modo cómo el desierto realiza su obra, transfigurando al hombre en imagen de Dios.

Si para Bruno, la "divina sabiduría" consiste en la unión con Dios en la vida contemplativa, la soledad es la escuela donde se vive bajo la dirección del Espíritu Santo que lleva a la consecución de esta divina filosofía.

Entre los distintos títulos fúnebres que ensalzan la soledad vivida por Bruno, podemos citar el número 54: " Se retiró a la soledad, y allí como suavísima fruta, esparció su aroma llamando hacia Cristo a los engañados por la vana gloria del mundo. Día y noche estaba atento a los preceptos del Señor, convertido en modelo de quienes llevan vida de soledad…".

Bruno fue sin duda ninguna, entre los solitarios de su siglo, uno de los que más se distinguió por su fidelidad a toda prueba al ideal de soledad.

Es un maestro en cuestión de soledad, pero se siente atraído a escrutar su dimensión espiritual, sin detenerse en la observancia exterior que implica, y que es evidente para él.

El primer sentimiento que surge de la pluma de Bruno, es que la auténtica soledad, la soledad estable y profunda, es un don totalmente gratuito de Dios.

La soledad es una gracia que hay que recibir con agradecimiento. No es una conquista de nuestra voluntad, por muy perseverante que sea. No es tampoco fruto de alguna técnica humana…

Bruno no vacilará en sacar esta conclusión: hemos de temer perder una dicha tan deseable, por la razón que sea, ya que nuestra alma sentirá un continuo pesar por su pérdida.La soledad, en especial la soledad interior, ésa que permite gozar en paz del sosiego y la seguridad, esa soledad, puede perderse…

El Santo no deja nunca presentir que para él la soledad sea rechazar a los demás, o elevar un muro entre él y sus hermanos, los hombres. Al contrario, lo sentimos muy atento a todas las dimensiones de la auténtica caridad.

Para atreverse a hablar de la soledad y del silencio del desierto, hay que haberlos afrontado y haberse enamorado de ellos. Para evocar la utilidad y gozo divinos que engendran, hay que haberlos saboreado.

Para adentrarse en el silencio del corazón y saborear su divina profundidad, hay que empezar por despojarse, y dejarse despojar, de todas la seguridades y apoyos a nuestro alcance, con los que contábamos espontáneamente. Hay que aprender a no tener más apoyo sólido que el mismo Dios. Esta actitud halla un modo de expresarse exteriormente cuando, bajo la acción de la gracia, eliminamos los objetos superfluos, y con el tiempo debe ir profundizándose hasta llegar a purificar nuestro corazón de todo deseo de poseer a las criaturas o hasta el mismo Dios. Pero como ya hemos advertido, una soledad así es un don recibido y no se obtiene a base de ejercicios de fuerza de voluntad.

La breve historia de la vida del Santo nos ha mostrado al papa Urbano II aprobando su retorno a la soledad. Está, pues, Bruno en la soledad por llamamiento divino y por voluntad de la Iglesia. Su ministerio era el ministerio de la oración y cooperó más a los trabajos de Urbano II por la reforma de la Iglesia con la santidad de su vida de oración en el secreto de su celda que por los demás medios.

Conviene fijarse en este detalle de modo especial, porque después de San Bruno, será el punto fundamental de la doctrina de dom Guigo. La Orden Cartujana se caracteriza específicamente dentro de la Iglesia por su fidelidad a la vida contemplativa en soledad, libre de toda otra función. Cumple, pues, su papel en la vida del Cuerpo místico, papel exclusivamente espiritual.

Por eso San Bruno daba a sus hijos de la Cartuja la recomendación esencial de guardar intacta su soledad espiritual y material, y mantener vivo el fervor de su amor, preservándola de todo contacto que pudiera alterarla. Su vocación es amar a Dios, y sin volver al mundo han de difundir silenciosamente la vida divina en las almas.

Fidelidad

En la vida solitaria elegida por San Bruno, el alma permanece "bajo la dirección del Espíritu Santo", y uno de los frutos de la soledad es "la paz y el gozo en el Espíritu Santo".

En esta vocación todo es obra del amor. El recuerdo del amor de Dios se repite sin cesar, como un estribillo, en la pluma de san Bruno: "ardiendo en amor divino" hicieron voto los tres amigos. No hay que dejar languidecer este amor como lo ha hecho Raúl: "se resfrió el ánimo y se desvaneció nuestro fervor". Bruno no desconocía los dones naturales de su amigo, ni tampoco los servicios que puede prestar a la Iglesia. Raúl será más tarde un excelente arzobispo de Reims. Sin embargo, a los ojos de San Bruno la vocación contemplativa, consagrada al amor del modo más exclusivo, conserva la primacía.

No ha acabado aún de mencionar el amor cuando vuelve a insistir de nuevo sobre él. Preferiría que fuese "el amor de Dios quien moviese a su amigo" a responder al llamamiento, antes que cualquier otro motivo.

Viviendo la vocación de soledad, en el silencio del desierto, "se adquiere aquel ojo cuya serena mirada hiere de amores al Esposo, y con cuya limpieza y puridad se ve a Dios".

Varios títulos fúnebres evocan el lugar del amor de Cristo en la vida de San Bruno:

"Bruno, honor del clero, honra y prudencia del mundo. Cuando andaba por estas tierras brillaba por la viveza de su inteligencia… Al dejarlas para ser compañero vuestro, ermitaño de vuestro yermo, abandonó por completo la carga de los honores, sin otra preocupación que el amor de Cristo."

"Ermitaño arrebatado de esta vida por la sed de Cristo…Beneficiaría a la fe de la Iglesia conocer su comportamiento".

Como hemos visto, Bruno siempre permaneció fiel a la llamada de Espíritu, pese a las dificultades. Nada le apartó de su vocación y en todo momento su alma ardía en espera de ver cumplida para siempre su llamada a la vida de soledad y silencio.

Desprendimiento - Simplicidad

El "Único necesario" es objeto de una búsqueda intensa de Bruno en la soledad. Se ha entregado a Dios ardiendo en amor. Ha renunciado a cuanto podía apartarle de su objetivo. Toda su vida de cartujo queda iluminada por la plenitud de esta orientación de su alma hacia la vocación contemplativa. Nada le detiene. Se le ve desprendido sucesivamente de su cátedra, del mundo y de los honores. Desprendido de su desprendimiento mismo, de su autoridad, e incluso -en cierto sentido- de aquella realidad viviente que su impulso espiritual dio a luz.

La posición de San Bruno en este punto es bien definida: la soledad, el desprendimiento absoluto por Dios, la abstención de toda irradiación de la actividad al exterior son los distintivos de la vida monástica querida por él. El alma permanece libre de todo contacto con el mundo, de cualquier ocupación o preocupación que no sea Dios sólo: virginidad espiritual.

En un silencio profundo de los cuidados de la tierra, un desprendimiento de todo apego. El alma del Santo está libre de todo, salvo de su amor; está plenamente unida a Dios.

Lo "útil" para San Bruno no está, pues, en el orden de la eficiencia externa, sino en el plano del amor. No es perseguir un fin humano, sino buscar a Dios. No es darse a la acción, sino a la contemplación. La grandeza del hombre no se mide por lo que hace, sino por lo que es, y su grado de ser depende de su grado de amor. Nada es para él más "útil" que entrar en la intimidad divina.

En la soledad y el silencio, su alma se eleva a Dios. Así gusta de comparar su vocación a un velar del alma, esperando con ansia al Sveñor.

Para caracterizar la vida que lleva con los suyos, usa de una imagen que simboliza y evoca lo esencial de su fisonomía: es la imagen del resguardado puerto, tranquilo y seguro. La imagen expresa en la mente de Bruno el retiro de la soledad, la paz de la vida contemplativa que aquí se lleva, y también la liberación del mundanal ruido y sus inquietudes.

La simplicidad que se desprende del estudio de la vida monástica según San Bruno no consiste tan sólo en la simplicidad de su fin y en la liberación de las complicaciones del mundo. Reside, ante todo, en que el Santo no ha propuesto "prácticas" particulares de santificación. Los textos donde ha expresado su pensamiento van enlazados por la sola perspectiva de la unión con Dios por la oración, unión que él ha realizado plenamente en su celda solitaria. Su vida está ordenada a buscar al mismo Dios con más intensidad en el hombre interior, encontrarle antes y poseerle con mayor perfección.

Si todas las cualidades naturales de San Bruno, perfeccionadas por la gracia, se resumen en la "fuit aequalis vitae" (de ánimo siempre igual), todos los rasgos de su pensamiento monástico vienen a converger en el "puerto tranquilo y seguro" que le ofrece la soledad para buscar dentro de la simplicidad a Dios.

Firmeza - Estabilidad - Igualdad de ánimo

Tras las luchas en Reims y en todas las épocas de su vida, impresiona ver la firmeza de voluntad de Bruno y su constancia en el cumplimiento del deber, prudentemente reconocido. Esta estabilidad en el esfuerzo, una vez decidida la tarea a realizar, parece ser un rasgo distintivo de su temperamento, que se observa en todas las etapas.

Firme y estable aparece ante Manasés, y la misma firmeza muestra en la búsqueda de la soledad, en el retorno al desierto cuando se vio obligado abandonarlo, y en la fidelidad a la vocación contemplativa escogida. No se deja seducir por las necesidades activas cuando éstas se le ofrecen…

El tema que sostiene toda la carta a Raúl Le Verd es la estabilidad en la vocación. Bruno conjura a su amigo a que sea fiel a la decisión tomada hacía algún tiempo de consagrarse a Dios en la vida monástica. Los argumentos se apelotonan bajo su pluma. Todos convergen al mismo punto. A Bruno no se le oculta que la estabilidad requiere una gran fortaleza de espíritu. Es preciso no dejar desvanecerse el fervor. El antiguo adagio según el cual la soledad es la patria de los fuertes, lo emplea el Santo bajo una forma personal: "Aquí, en la soledad, pueden los hombres esforzados recogerse en su interior cuanto quieran… Aquí concede Dios a sus atletas, por los esfuerzos del combate, la ansiada recompensa…"

La estabilidad es, por tanto, para San Bruno un factor esencial de la vocación contemplativa en la soledad. Requiere quietud, perseverancia, continuidad en el esfuerzo. Pide almas lo bastante fuertes como para renunciar a la dispersión, para no tener necesidad de ser sostenidas por imágenes diversas de actividades externas renovadas a menudo, ya que la celda no ofrece otra ocupación fundamental que la aplicación a la oración.

Su unión con Dios se manifiesta principalmente por la igualdad de ánimo a través de todas las cosas; por el equilibrio en su vida donde existe una armonía entre razón que informa, y fe que ilumina; por una cordura que huye de los extremos, precisamente porque el exceso es rodeo y se pretende ir a Dios en línea recta. Esa estabilidad es la paz fuerte y suave que asegura el camino del alma y lo hace también seguro para los discípulos que suscitará su ejemplo y su amor.

En el curso de su vida, en Reims en particular, San Bruno debió de soportar tribulaciones poco comunes. No se dejó abatir por ellas. Otras veces se le ofrecieron grandes honores, que no le sedujeron. Durante su vida espiritual, tanto en los acontecimientos importantes como en las humildes ocupaciones en medio de las cuales le vieron vivir sus hijos durante varios años, permaneció siempre con igualdad de ánimo.

Cuando Dios se encuentra en el hombre, las tribulaciones no pueden quebrantar la estabilidad de su vocación. El hombre íntegro dirigido por la medida de la razón donde Dios habita, no se verá turbado. Aquí se ve cómo la igualdad de ánimo es una virtud, porque es Dios mismo quien la informa.

Si el alma de San Bruno no se dejó abatir nunca por las desgracias de la adversidad, ni ensoberbecer en la prosperidad, fue porque en definitiva todo lo refería a la gloria de Dios.

Cordura - Prudencia - Equilibrio

Hemos visto ya cómo San Bruno se ha mostrado plenamente enamorado del Señor por su elección de la soledad, su desprendimiento total, la pureza de su ideal, la firmeza de su propósito de dedicarse a la vida contemplativa. Podríamos esperar, sin duda, verle extremoso en el uso de los medios de ascesis por los que el alma sube a Dios. Pero, por el contrario, vamos a ver en él en la consecución de su ideal, una cordura, una ponderación, una mesura en las austeridades verdaderamente notables. Estos rasgos, a nuestro modo de ver, son esenciales en él, tanto más, cuanto se apartan de los extremismos frecuentes en su época …

La persona de San Bruno respira serenidad y equilibrio humano. La austeridad, según él, ha de ir guiada por la razón. El Santo tiende a una vida llena de discreción, de cordura y prudencia; en una palabra, razonable. Y para él es éste un principio necesario en una vida austera, para perseverar en la observancia y para que el hombre no pierda la aptitud para esta observancia estricta. El alma debe dilatarse hacia Dios y no vivir en tensión por un esfuerzo demasiado rígido. La posición de San Bruno es bien clara.

Tacto - Bondad

No existía en él dureza, sino una firmeza mezclada con una abundante dosis de suavidad. Los monjes de Calabria que habían vivido bajo su gobierno anotaron cuidadosamente este detalle: "…Siempre fue sencillo en sus palabras; a la firmeza de un padre unía el corazón de una madre. No fue dominador, sino manso como un cordero".

Armonizaba el ejercicio de la autoridad con la prudencia y la bondad. No es el asceta severo que jamás quisiera permitir una mitigación en la austeridad, ni el espiritual deshumanizado desconocedor de las flaquezas de la naturaleza humana, ni el superior rígido sin entrañas de compasión. Se interesa por los demás, por su equilibrio y por su salud. Los mismos principios encontramos en San Bruno a propósito de la corrección de faltas.

La mejor prueba del tacto y moderación de Bruno en el cargo de superior, es la afición cobrada por sus hijos hacia su persona, tanto en la Gran Cartuja como en Calabria. Lo prueban hechos irrecusables: "vivían unidos a él por los lazos de un afecto verdaderamente familiar".

La carta a los monjes de la Gran Cartuja manifiesta una gran bondad en San Bruno. La bondad de nuestro santo parece haber impresionado de modo especial a sus contemporáneos, y quienes le habían tratado señalan esta característica de la bondad como muy típica en él.

Algunos de los títulos fúnebres nos aportan preciosos testimonios de las dotes de su corazón. Nos dicen que, además de la ciencia, poseía esa influencia especial que cautiva y arrastra a las almas: "Este Padre, ilustre fundador de una Orden monástica, se mostró siempre ejemplar a sus hermanos, y les enseñó a menospreciar la vileza de este mundo aspirando a las mercedes de la patria celestial. Creemos que no es necesario llorar por sus faltas; debe gozar ya del descanso de la gloria. Pues si algún santo ha merecido el descanso por su virtuosa vida, éste goza ya del eterno descanso por sus muchos méritos. De ilustre posición en nuestra urbe, era el sostén y el honor de los suyos. Sonreíale la fortuna y arrastraba tras de sí como nadie la estima de todos, por su bondad, su pericia en las artes, su elocuencia y su riqueza. Todo lo pospuso a Cristo y siguiéndolo despojado de todo, se retiró con otros al yermo".

"Este doctor tuvo tales dotes de corazón y de palabra, que sobrepasaba a todos los maestros del orbe. Reflexivo, bueno, elocuente en su expresión …".

Verdaderamente había algo en el corazón de Bruno que conquistaba las almas. Las dos cartas escritas desde Calabria reflejan la misma bondad. Allí explica San Bruno cómo amaba el Bien, hontanar de toda bondad.

El verdadero sentido, en la mente de Bruno, de la exclamación "Oh Bonitas" , no es la bondad derramada por el Señor en las criaturas, mero reflejo o analogía de la suya. Tampoco se trata de la bondad tal como la representamos en nuestros pobres conceptos humanos, como una perfección perteneciente a Dios, pero distinta de Él, incapaces como somos de considerar como simple lo que en sí excluye toda composición. Para San Bruno la fórmula en toda su exactitud teológica es mucho más rica y profunda, es el mismo Dios, bondad por esencia.

Devoto de contemplar a Dios en este atributo, el Santo vino a convertirse en un reflejo de tal bondad. Si se le amaba tanto, si se menciona tanto su bondad, es porque la irradiaba como fruto de la plenitud de su unión con Dios.

Obediencia - Pobreza

Toda su vida ha sido un testimonio de su amor a la Iglesia y de su obediencia a las directrices de los Sumos Pontífices. En Reims, se muestra plenamente este espíritu de sumisión en las luchas contra el arzobispo simoníaco. Más tarde, hallaremos en Bruno el mismo amor a la Iglesia en su obediencia a la llamada del Sumo Pontífice a Roma, y, en su lecho de muerte, volveremos a encontrarla en su hermosa profesión de fe.

Esta obediencia por él practicada la quiere también para sus hijos. Al conocer por relación de Landuino la perfección en la obediencia de los conversos de la Gran Cartuja, noticia que le causó gran gozo, toma de ahí ocasión para exponer sus puntos de vista sobre el particular. Para él la obediencia es la clave de bóveda en la vida monástica. El Santo deja entrever al mismo tiempo los esfuerzos que semejante virtud exige ylos frutos que produce si va informada por el amor.

Quiere que todas las cosas vayan ordenadas con regla y medida, y para conseguirlo concede a la obediencia el derecho de inspeccionarlo todo. Textos, directrices suyas, sucesos de su vida, todo converge hacia un fin de ponderación y buen sentido. Más tarde, se verá a dom Guigo tomar las mismas posiciones exactamente que San Bruno y sobre las mismas bases. Someterá cuidadosamente a la obediencia la vida toda del solitario.

Reuniendo los distintos textos que poseemos, tendremos una vista panorámica sobre el sentir de Bruno en materia de obediencia. Conjunto armónico, lleno de equilibrio y buen sentido, exigente y estimulante al mismo tiempo, e impregnado de bondad. Nos conviene retener en resumen esta perspectiva de una obediencia que, animada de un torrente de fervor, conduce a la libertad y al gozo.

Ya hemos advertido en San Bruno un maravilloso espíritu de desprendimiento. Este espíritu se manifiesta en particular con respecto a los bienes materiales.

El cargo ejercido por él en Reims llevaba consigo honores y riquezas temporales. El abandono de estas riquezas parece haber causado honda impresión en la ciudad de Reims: "Todo lo despreció, y, pobre, se adhirió a Cristo. Prefirió vivir pobre por Cristo que rico para el mundo, cumpliendo en su integridad los preceptos divinos".

Este título fúnebre de Reims tiene un valor excepcional por estar allí bien informados de la vida del Santo.

Después de haberlo dejado todo en Reims, Bruno vivió en Sèche- Fontaine instalado muy pobremente al parecer, ya que no se construyó allí nada estable sino después de su partida. En la Cartuja, la pobreza era mucho más estrecha. Al llegar no había nada; los recursos eran casi nulos y el clima duro. Más tarde le ofrecieron la vida en la corte romana, un arzobispado, puestos honoríficos… No aceptó ninguno y se fue a instalar en un lugar donde no había nada. El recuerdo de los sucesos ocurridos en Reims permaneció en él tan vivo como el primer día; el mismo horror a la riqueza, la misma certeza de que el exceso de bienes materiales es un grave obstáculo para la donación total del alma a Dios.

En Chartreuse y en Calabria aceptó, sin embargo, las tierras y bienes necesarios para salvaguardar la soledad y la vida contemplativa, porque su prudencia le dictaba que todo esto era indispensable.

Hay que añadir que San Bruno no ha establecido una doctrina sobre la pobreza tal como él la entendía; no se ocupó de la pobreza en cuanto tal. Ésta se vio implicada necesariamente en su elección de una soledad consagrada exclusivamente a Dios, en un lugar alejado de toda vivienda humana. Para una vida contemplativa de este tipo, se necesita tener un alma libre realmente de cualquier apego. Todos los sucesos de la vida de San Bruno muestran cómo se iba despojando cada vez más de los bienes materiales para alcanzar una liberación mayor, para vivir en la soledad una vida espiritual más pura. Sabemos ya que él quería practicar la obediencia por amor a la libertad. Del mismo modo su pobreza es una liberación para darse al Señor. Es éste un carácter común de la pobreza para todo monje, pero en Bruno tal carácter está marcado con un relieve especial a causa de la vida puramente contemplativa que él se propone.

Alegría

Los religiosos de Calabria señalaron un rasgo especial de la fisonomía de su Padre Bruno: "Siempre estaba con cara alegre…".

Tocamos aquí, al parecer, un punto esencial en la actitud espiritual de nuestro Santo: alegría, acción de gracias. La carta a los monjes de la Cartuja desborda en estos sentimientos:

"Alegraos, pues, mis carísimos hermanos, por vuestra dichosa suerte y por la liberal mano de la gracia de Dios para con vosotros… Alegraos por haber alcanzado el reposo tranquilo y seguro del más resguardado puerto, que no se ha concedido a otros muchos pese a sus deseos y esfuerzos".

No está ausente tampoco el tema del gozo espiritual en la carta a Raúl Le Verd. El pensamiento de las alegrías de la gloria eterna ha traído a San Bruno al desierto, donde ha encontrado "el gozo del Espíritu Santo".

Para él, la vida de soledad en Dios se desarrolla ambientada en un profundo gozo del alma. Esta vocación, indudablemente, se ve privada de muchas satisfacciones que serían legítimas en otras formas de vida; se mantiene de la fe sin estimulantes exteriores; puede atravesar por momentos de cruz y por horas grises. Pero está en posesión del mayor gozo que puede existir: vivir consagrado exclusivamente a dar gloria a Dios.

* * * * * * *

Amor a la soledad, consagración total a Dios dedicándose al Único necesario, firmeza de voluntad, estabilidad; y también cordura, prudencia, equilibrio humano; naturaleza inclinada a la amistad y a la bondad, suavidad en las relaciones con sus inferiores; en fin, sólidas virtudes espirituales todos estos rasgos se funden en un conjunto armonioso que se manifiesta por la igualdad de ánimo de San Bruno entre los suyos. La raíz de todo ello está en la intimidad que tuvo siempre el Santo con Cristo…

Podemos concluir diciendo que de su persona emanaba un sello característico. Inspiraba confianza. Tanta bondad, tanto equilibrio, tan gran deseo de buscar a Dios con amor absoluto y total, fascinó hace 900 años a sus seis compañeros y sigue fascinando a las puertas del 2000 a muchas almas.

Maestro de gran penetración, luz y guía en el camino que conduce a las cumbres de la sabiduría. Fuente de doctrina, perla de sabiduría, ejemplo de bondad. Bruno no sólo suscitaba admiración, sino que conquistaba simpatías y amistades.

Hombre de gran rectitud y elevación moral innegables con una admirable fuerza de carácter para proseguir hasta el fin, pase lo que pase, lo que juzga ser la voluntad de Dios con respecto a él. Ni las dificultades, ni las amenazas, ni los abandonos llegarán a apartarle de un proyecto cuando en su alma y en su conciencia juzga que es la voluntad de Dios.

A la bondad se añade la prudencia, prudencia en la palabra, en los consejos, en su conducta.

Sencillez y humildad de alma, bondad,desprendimiento, gran honradez, que le adquirió fama de integridad, rectitud y equilibrio, de fidelidad y lealtad que ninguna prueba logró poner en duda.

Podemos decir que fue un alma totalmente entregada al amor de Dios, y que sólo vivió para Dios y los demás.

© 1998-2019 La Orden de los Cartujos • Contáctenos