La Orden de los Cartujos

Comentario de las cartas

Estas dos cartas son las únicas que conservamos y datan de los últimos años de Bruno cuando disfrutaba de la soledad en Calabria.

La carta a Raúl le Verd está fechada entre 1096 y 1101 -siempre con cierta aproximación- y la carta a Chartreuse entre 1099 y 1100.

En ambas podemos observar que se expresa libremente, con toda nitidez. Con Raúl usará un estilo más literario, más pulido, un tanto convencional y erudito; con sus hermanos de Chartreuse hablará con toda sencillez, en un lenguaje cordial y directo. Pero las dos son de una sinceridad y una apertura de alma conmovedoras. Nos descubren en una luz discreta, tamizada, pero maravillosa, el alma profunda de Bruno al final de su vida, y casi al término de su experiencia de la vida puramente contemplativa.

Como ya hemos mencionado con anterioridad, Raúl era uno de los dos amigos con quienes Bruno, en el jardín de Adam, había hecho voto de abandonar el mundo y abrazar la vida monástica.

Los años habían pasado. Bruno había cumplido su voto, y Raúl había vuelto a Reims y vivía allí. La amistad entre Bruno y Raúl no se enfrió. Según nos dice el mismo Bruno, Raúl le había escrito cartas encantadoras dándole delicadas muestras de amistad.

Su amistad está enraizada en Dios. Por eso se inquieta por el futuro espiritual de su amigo. Raúl había hecho años atrás un voto preciso, formal, y no lo había cumplido. No estaba en regla con Dios. En este supuesto, Bruno expone a Raúl la gravedad de su situación, con energía y a veces quizá con rudeza, pero siempre con mucho tacto.

Es de notar, que la trama de esta carta la constituye el amor de Dios. Sólo el amor de Dios explica y justifica, por decirlo así, la vida contemplativa. Pero no un amor de Dios vivido de modo vulgar, sino un amor de Dios ferviente, abrasador. Un amor excepcional como el que en otro tiempo infundiera el Espíritu Santo en el corazón de los tres amigos reunidos en el jardín de Adam.

Al conjurar a su amigo, tiene el convencimiento de no ser mas que el intérprete del Espíritu Santo que urge a Raúl en su interior. Aquí se funda la esencia, la actitud fundamental de esta vocación contemplativa. El contemplativo según San Bruno, es aquel que vive la visión cara a cara de la eternidad, al menos como preludio y esperanza. Espera y posesión actual, deseo y gozo, lucha y recompensa, desierto y al mismo tiempo vergel, tal es la vocación puramente contemplativa según él.

Llegamos a una idea fundamental para Bruno: la idea de "quies", de reposo o sosiego. Idea central en la concepción cartujana de la vida contemplativa. Este reposo es le fruto de la fe, la esperanza y el amor, incluyendo una buena dosis de prudencia, equilibrio, bondad, paciencia, virginidad espiritual. "Quietus" será el epíteto privilegiado para calificar "el puerto de la vida monástica", tanto en la carta a Raúl Le Verd, como en la escrita a la comunidad de Chartreuse.

Este reposo no es confort, seguridad, inmovilidad, pasividad. Es un reposo activo, dinámico, anticipación del reposo divino que la contemplación de Dios dará al alma en la eternidad.

Es indudable que, en su carta a Raúl Le Verd, Bruno ha conseguido animar todo lo que dice con el fervor de su amor a Dios, de su alegría espiritual y de su amistad a Raúl. Todo su corazón se vuelca en sus palabras; cuanto dice, lo piensa, lo siente y lo vive.

En esta carta a Raúl, destaca un hecho central: la exhortación a seguir la vocación monástica, con los motivos entonces alegados, las dificultades posibles y los sentimientos que surgían en quienes trataban de retirarse del desierto.

Bruno, deseoso de conmover el corazón de su viejo amigo, deja la palabra a su propio corazón. La carta está escrita bajo la perspectiva de una sutil alternancia entre la evocación de las inexorables exigencias de la justicia del Todopoderoso, y la descripción de cuanto de seductor encierra una vida por entero consagrada a Dios.

Cuando toca este segundo tema, es evidente que no hace retórica. En términos apenas velados, dice que él ha vivido lo que continúa viviendo en el momento preciso en que escribe.

Tras una lectura atenta de la carta a Raúl Le Verd, como a sus hermanos de Chartreuse, la primera impresión que se tiene es de hallarse ante un alma ardiente, rebosando sensibilidad espiritual.

La carta a Raúl, en su conjunto, presenta a Bruno animado de un cariño inagotable hacia el amigo de los viejos tiempos, pese a los años y a la distancia. Pero cuando empieza a hablar de las cosas de Dios, no le es posible contener su emoción.

Sin embargo, no es un sentimental que se deje llevar por impresiones superficiales. Bruno es un hombre práctico. Para él la vida contemplativa no consiste en fomentar interminables ideas sublimes; se trata de tomar los medios eficaces para llegar hasta Dios. Es muy consciente que su soledad es el lugar donde "se vive un ocio activo, se reposa en una sosegada actividad". La carta a Raúl, está por entero construida de acuerdo con ese esquema de su pensamiento.

Bruno ha quedado definitivamente seducido por la Belleza, por la Bondad increada en la que encuentra la plenitud de la paz, y no puede comprender la situación de desgarramiento interior de su amigo.

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Por una suerte felicísima, nos ha llegado hasta nosotros otra carta de San Bruno, dirigida a la comunidad de Chartreuse. Carta preciosa en sí misma y muy acorde con la escrita a Raúl Le Verd.

Por añadidura, las circunstancias en que fue escrita y trasmitida le dan una conmovedora significación. No es extraño que los primeros cartujos la consideraran como el último testamento de Bruno a sus hijos de Chartreuse y, al mismo tiempo, como el supremo testimonio, sellado por la muerte de Landuino, de la vinculación de la Gran Cartuja a Bruno.

Landuino partió llevando consigo una carta de Bruno para la comunidad de Chartreuse. Pero he aquí que, al subir hacia el norte de Italia, Landuino cayó en manos de los partidarios del antipapa. Fue amenazado, le tuvieron varios meses prisionero... Cuando fue puesto en libertad, estaba tan debilitado que no pudo seguir su camino. Se refugió en el monasterio cercano de San Andrés donde murió el 14 de septiembre de 1100, siete días después de su liberación.

A pesar de todo, la carta de Bruno a sus hijos de Chartreuse llegó a su destino, ya porque uno de los compañeros de viaje de Landuino escapara de los partidarios del antipapa Guiberto, ya porque Landuino la confiara a algún mensajero antes de morir.

Podemos imaginar con qué veneración recibirían los ermitaños de Chartreuse este mensaje, tan precioso para ellos por doble motivo.

En esta carta a al comunidad de Chartreuse, más breve, más familiar y menos cuidada que la escrita a Raúl Le Verd, los temas se reducen con frecuencia a pequeñas indicaciones, por lo que hay que estar tanto más atento para captarlas. Es esencialmente una carta de alegría, de alabanza al Señor, de acción de gracias.

Bastaría la breve carta a sus hermanos de Chartreuse, para transmitirnos toda la enseñanza explícita que debemos recibir de él.

Esta carta hace campear ante nuestros ojos la figura de un monje de rasgos vigorosos y de corazón inmenso. Enamorado perdidamente de Dios y de sus hermanos, llega hasta olvidarse de sí mismo. Su amor a Dios le remite a sus hermanos; el cariño hacia sus hermanos le hace descubrir en ellos un nuevo rostro del Señor.

Su vida contemplativa no queda abrumada por la presencia viva y atenta de sus hermanos, en su corazón. No se contenta con decir que le basta amar a Dios y que en Él ama a todos. Sus hermanos son seres concretos que ocupan un lugar en su interior, sin turbar su atención al Altísimo. Al contrario, ellos le revelan el amor inmenso que Dios tiene al solitario. Su vida contemplativa se halla fundada sobre la armonía, interior y exterior, entre soledad y vida fraterna.

Una segunda parte de la misma carta, pone de manifiesto una convicción firmemente anclada en el corazón de Bruno: la vida que ha plantado en lo íntimo de sus hermanos, asocia de manera radical el don puramente gratuito que Dios les concede de una vida que destaca por su paz, silencio y obediencia, con una observancia forzosamente austera, firme, perseverante y estable frente a todas las seducciones del exterior.

Bruno no pide nada más a sus discípulos. El resto es cuestión de vocación personal, que deberá desarrollarse dentro del sólido y amplio marco por él esbozado.

Penetrar en la dichosa soledad de que habla Bruno equivale a una conversión del corazón que recibimos gratuitamente de Dios, y que nos establece en la paz de su amor.

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