La Orden de los Cartujos

Para el que es llamado…
La vocación

La llamada de Dios

Como toda vida religiosa, la vida cartujana es una respuesta a una llamada de Dios. Esta vocación no procede de uno mismo, se recibe. No se trata de una sencilla elección personal, es una historia de amor, por lo tanto una historia de dos. Jesús invita a algunos hombres para que por amor le sigan en la soledad de la montaña, para permanecer con él y contemplen el esplendor de su rostro.

« Cristo, Palabra del Padre, por mediación del Espíritu Santo, eligió desde el principio algunos hombres, a quienes llevó a la soledad para unirlos a sí en íntimo amor. »

Estatutos I.1

« Los que conocen el amor conyugal pueden compadecernos creyendo que no sabemos qué es el amor. El amor de Dios percibido en la fe, en una fe oscura, es más seguro, más cercano, más dulce, más fuerte, más tranquilizador y también más embriagador que cualquier otro amor. Nosotros tenemos en la fe una certeza que ninguna otra experiencia puede dar. Tal es el sentido de la Escritura : “Me casaré contigo en la fe”. » (Yves Raguin, Célibat pour notre temps).

La respuesta humana

Esta llamada de Dios se dirige a un ser humano libre. Dios propone, no se impone. Hoy en día se añade la dificultad que puede provenir de entender la llamada. La vida contemplativa es poco conocida y con frecuencia poco apreciada, está tan alejada y, a veces, es tan contraria a las costumbres del mundo moderno, que pocos se encuentran preparados para experimentar su atractivo. Sin embargo, hoy como ayer hay candidatos que continúan llamando a nuestras puertas. ¿Qué esperamos de ellos?

Un profundo deseo de consagrar su vida a la oración y a la búsqueda de Dios en el amor « Tengo sed del Dios fuerte y vivo, ¿cuándo iré a ver el rostro de Dios ? » (Sal 42.2) Este ideal contemplativo debe ir acompañado por el atractivo de la soledad, ya que es el marco en el que se desarrolla la mayor parte de la vida del monje. No obstante, como los cartujos no son ermitaños en sentido propio, no se debe infravalorar la parte de vida común. Entre otras cualidades indispensables el equilibrio y el recto juicio ocupan el primer puesto. Todavía se pueden enumerar: madurez afectiva capaz de prepararse a un compromiso de por vida, espíritu de fe y apertura que esté dispuesto a dejarse guiar por la obediencia, y salud suficiente.

La llamada a la vida cartujana se manifestará con frecuencia por un deseo que puede aparecer de repente, a continuación de una experiencia espiritual importante o, por el contrario, madurar poco a poco a lo largo de los años. En la práctica no es fácil juzgar a distancia con exactitud de sus propios atractivos y aptitudes. Debido a esto, será necesario uno o dos retiros, más o menos prolongados en una Cartuja, para discernir la llamada de Dios.

Las etapas de la formación

Antes de entrar en el monasterio

Si alguno pretende incorporarse a un monasterio, debe ante todo madurar seriamente su deseo en la oración. Tal decisión no debe tomarse sin antes reflexionar. Después debe ponerse en contacto con un monasterio, exponiendo lo mejor posible lo que le atrae hacia la vida cartujana. Como contestación seguramente le pedirán algunos informes necesarios acerca de sus estudios, su familia, etc.

Si parece oportuno, se le propondrá hacer un retiro en el monasterio con el fin de que pueda hacer una experiencia de este género de vida. Fuera de casos como éste, los cartujos no aceptan personas que desean hacer un retiro. Si la experiencia resulta positiva, puede suceder que aún se le pida demorar cierto tiempo la entrada, para probar (tiempo llamado prepostulantado) o al contrario, que se le permita entrar cuando le parezca.

Postulantado y noviciado

Al entrar en el monasterio, el candidato comienza el postulantado que dura de tres meses a un año. Y terminado éste, si se confirma su vocación, tomará el hábito cartujano y comenzará el noviciado que dura dos años. A continuación vienen los votos temporales por tres años, que después se renuevan por otros dos. Al final tiene lugar la profesión solemne, por la cual el monje se compromete definitivamente ante Dios y ante la Iglesia.

Las personas de menos de 45 años son las adecuadas para emprender este género de vida cartujano.

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