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Tras la Huellas de Bruno
Tú, que eres mi Señor,
Tú, cuya voluntad prefiero a la mía.
No me es posible contentarme con palabras
al presentarte mi oración.
Escucha mi grito que te suplica
como un inmenso clamor...
Tú, de quien me he constituido siervo:
Te ruego con perseverancia e insistiré en mi ruego,
hasta merecer alcanzar tu favor.
Pues no anhelo un bien de la tierra;
no pido más que lo que debo pedir:
sólo a Ti...
¡Ten piedad de mí!
Y pues inmensa es tu misericordia
y grande mi pecado,ten piedad de mí inmensamente
en proporción a tu misericordia.
Entonces podré cantar tus alabanzas,
contemplándote, Señor.
Te bendeciré con una bendición
que perdurará a lo largo de los siglos;
te alabaré con la alabanza y la contemplación,
en este mundo y en el otro,
como María, de quien nos dice el Evangelio,
que ha escogido la parte mejor.
Amén.
Oración atribuida a S.Bruno
INTRODUCCIÓN
Querido/a lector/a, te invitamos durante unas horas a caminar tras las
huellas de San Bruno. Como tal vez ya sabes, tenemos que remontarnos nueve
siglos atrás... Sin embargo, observarás que, aunque nos separan de Bruno
900 años, su persona, su espíritu... Ssiguen estando vigentes en nuestra
actualidad, y todavía hoy interpelan a muchas almasque se sienten atraídas
y llamadas a seguir sus huellas.
¿Qué secreto, qué descubrimiento, qué perla preciosa impulsó a Bruno
a afrontar la soledad?
Misterio de la llamada que Dios hace sentir a algunas almas hacia la
vida puramente contemplativa y de absoluta entrega al amor. Misterio de
esas vidas ocultas, humanamente anonadadas con el Cristo anonadado. Misterio
de esa oración de Cristo en el desierto, en el monte por la noche durante
su vida pública, en Getsemaní... De esa oración de Cristo que se prolonga
en cada etapa de la vida de la Iglesia en las almas que Dios llama. Misterio
de soledad y de presencia en el mundo, de silencio y de irradiación evangélica,
de sencillez y de gloria de Dios...
Este es, precisamente, el misterio que ahora intentaremos descubrir
en el alma de Bruno.
BREVE HISTORIA DE SAN BRUNO
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El Maestro Bruno, alemán de nación, de la célebre ciudad de Colonia,
hijo de padres ilustres. Formado tanto en las letras seculares como
en las eclesiásticas.
Canónigo de la Iglesia de Reims, no inferior a ninguna de entre
las francesas; y maestrescuela. Abandonó el mundo y fundó el yermo
de la Cartuja que presidió por seis años.
Solicitado por el papa Urbano II, antiguo discípulo suyo, se trasladó
a la curia romana para ayudar al mismo Papa con sus alientos y consejos,
en los negocios eclesiásticos.
Pero no pudiendo llevar la agitada vida de la curia, inflamado
en amor de la soledad y quietud abandonadas, dejó la curia y renunció
también al arzobispado de la Iglesia de Reggio, para la cual había
sido elegido por voluntad del mismo Papa.
Se retiró al yermo de Calabria llamado la Torre, donde, con algunos
laicos y clérigos vivió en soledad el resto de sus días. Allí murió
y recibió sepultura, después de unos once años de su salida de Chartreuse.
(Crónica Magister; S.XII)
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El párrafo anterior, extraído de la Crónica Magister o Crónica de los
cinco primeros priores de la Cartuja,viene a ser un resumen de la vida
del Santo. Vamos ahora a recorrer con más detalle estos hechos, y veremos
en ellos la mano de Dios.
Primeros años de San Bruno y llamamiento
a Sèche-Fontaine
¿En qué fecha nació? Lo ignoramos; pero apoyándonos en un dato cierto,
la fecha de su muerte (6 de octubre de 1101), y en los acontecimientos
de su vida, podemos conjeturar sin gran peligro de error, que Bruno nació
entre 1024 y 1031. Nosotros hemos optado por cifrar la fecha en 1030.
En Colonia (Alemania) vivió sus primeros años, pero no conservamos ningún
documento de este período. Cuando era niño, Colonia vivía todavía de ese
resurgimiento religioso que había impulsado su arzobispo Brun o I.
En aquella época, sólo los monasterios y las iglesias tenían escuelas
donde se iniciaba a los niños en las letras humanas; en una de estas escuelas
suponemos que habría realizado Bruno los primeros estudios. Un hecho,
en cambio, parece innegable: desde sus primeros años reveló nuestro Santo
unas dotes intelectuales poco comunes, por lo que fue enviado a continuar
sus estudios a la escuela catedralicia de Reims (Francia). Reims dejará
realmente su huella en él, hasta el punto de que, olvidando su origen
alemán, se le llamará más tarde Bruno "el francés".
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No se sabe con certeza en qué se ocupó Bruno desde el fin de sus estudios
personales hasta su nombramiento para maestrescuela de Reims, pero, puesto
que esta ciudad era entonces uno de los focos intelectuales más célebres
de Europa, y había que mantener su elevada reputación mediante una esmerada
selección del profesorado, Bruno debió haber demostrado su competencia
en los cargos secundarios que se le confiaron previamente, para que, a
pesar de su edad (sólo contaba 26 o 28 años) le colocaran en el puesto
más destacado de sus escuelas.
La elección era un gran honor y fue aceptada con gran humildad y espíritu
de servicio por el nuevo maestrescuela. El hecho de que se le designase
tan joven para ocupar un puesto tan delicado significaba que, Herimann,
su predecesor en el cargo, había descubierto en él, no sólo excepcionales
dotes para la enseñanza, sino también cualidades de trato e, incluso,
de gobierno.
Durante unos veinte años fue un brillante director de la enseñanza en
Reims. Al claustro de la catedral afluyeron multitud de discípulos. Algunos
de ellos alcanzarían las más altas dignidades de la Iglesia, como Eudes
de Chatillon que fue elegido papa con el nombre de Urbano II.
Es de destacar también que, en la época de su docencia en Reims, Bruno
sobresalía a los ojos de sus discípulos en el conocimiento de los textos
sagrados, sobre todo del Salterio, y suponemos que, tanto en Chartreuse
como en Calabria, se gozó de tener compañeros "sabios", orientando a sus
ermitaños hacia el estudio de la Biblia.
Además de maestrescuela de la catedral de Reims, ocupó así mismo el
cargo de canónigo en la misma.
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El 4 de julio de 1067, el arzobispo de Reims, Gervasio, moría dejando
fama de virtud. Le sucedió Manasés de Gournay con el título de Manasés
I (1). Fue consagrado en octubre de 1068 o 1069
y, aunque había obtenido la sede de Reims por simonía
(2) en complicidad con el rey de Francia, Felipe I, Manasés administró
al principio su diócesis de una manera tranquila que permitía esperar
de él un gobierno normal.
Pero enseguida salió a la luz su doble juego. Para satisfacer su codicia
sin perder por ello su sede episcopal, supo mezclar hábilmente los gestos
de sabia y caritativa administración, con las rapiñas más audaces.
Manasés I nombra a Bruno canciller, encargado por oficio de la composición,
registro y expedición de los documentos oficiales de la curia arzobispal.
Promover a Bruno era lisonjear a la opinión pública, sobre todo a la universitaria;
era dar pruebas de buena voluntad, siendo tan viva y general la estima
de que el Santo gozaba.
Como venimos observando, Bruno se nos revela primero como alma totalmente
orientada a los estudios sagrados; luego, como un "Maestro", y, finalmente,
como un hombre cuya autoridad moral se impone a todos. Había decidido
consagrar su vida al estudio y a la enseñanza de la fe; las cosas de Dios
habían cautivado su corazón y bastaban para llenar su alma. Era un hombre
justo en el sentido bíblico de la palabra y, al igual que el abad de Saint-Arnould,
Guillermo, tuvo muy pronto que habérselas con el arzobispo Manasés I...
En septiembre de 1077, los padres del Concilio de Autun depondrían a
Manasés, siguiendo las directrices del papa Gregorio VII en su condena
de la simonía. Pero el arzobispo conseguiría el perdón del Papa a pesar
de la oposición de sus canónigos. El enfrentamiento se mantendrá hasta
el año 1080 en que el Papa le destituye definitivamente.
Durante todo este tiempo, los clérigos disidentes han debido exiliarse
fuera de Reims, poniendo en peligro sus nombramientos y propiedades, y
situándose en una postura muy delicada en relación a la jerarquía eclesial.
El conde Ebal los acogerá durante ese periodo en sus tierras.
Bruno no ignoraba la situación en que se encontraba, muy a pesar suyo,
comprometido. Sufriría profundamente tanto por su caridad, justicia y
honradez, como por su amor a la Iglesia.
La miseria moral de Manasés I, no podía menos de provocar en el puro
y recto Bruno una de estas dos reacciones: la resistencia o la elevación
hacia una vida más pura. En este ambiente, el culto a la Palabra de Dios,
el amor de la más elevada amistad y la integridad que vemos en Bruno,
condenan al alma humana a cierta soledad. Un ser puro es, siempre y en
todas partes, un solitario. Además, a medida que se agravase la situación,
se sentiría más obligado a continuar la lucha y más atraído hacia la soledad.
No es gratuito conjeturar la honda inquietud que para un corazón sumiso
y bondadoso era tener que enfrentarse públicamente y hasta sus últimas
consecuencias a un superior eclesiástico. Vio y aceptó su deber desde
el principio del conflicto, con tanta claridad como el legado pontificio,
Hugo de Die, pero sin impaciencias, ni debilidad. Conducta serena. No
da un paso precipitado, va al exilio cuando debe, declara ante los concilios
para ello convocados y, por lo demás, sabe callar. Conducta limpia. Él
se mantiene hasta el final, sin servilismo y sin orgullo. Conducta justa
y fuerte de hombre bueno en la madurez de sus cuarenta y cinco a cincuenta
años, acrisolada por la tribulación.
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Es probable que la hora de la prueba constituyera para Bruno la hora
de la luz. El destierro por Cristo será un paso decisivo en su camino
hacia Dios. Durante aquella experiencia única, el Espíritu que lo había
conducido lo llamará al desierto para hablarle al corazón.
La narración del mismo Bruno acerca de su vocación en el jardincillo
de la casa de Adam, se impone por sí sola como documento histórico.
Es el recuerdo personal más íntimo que tenemos de Bruno y aunque los
datos no nos permiten situar el lugar ni la fecha con exactitud, sí se
puede afirmar que fue en torno al 1080, poco antes o inmediatamente después
de ser depuesto Manasés. La escena descrita por él quince o veinte años
más tarde -después de 1096 en que Raúl fue nombrado preboste- escapa de
su pluma como una vivencia única. Es la clave de su vocación y su destino.
Se encuentran juntos Bruno, Raúl y Fulcuyo; los tres han estado vinculados
por propugnar en la diócesis y para su cabeza la reforma eclesiástica.
El de más categoría, Bruno. Después viene Raúl, miembro también del cabildo,
posteriormente preboste y arzobispo diez años después. Lo llaman "el Verde",
probablemente por el color cetrino de su piel. Indudablemente es hombre
de valía. Con él conservará Bruno relación de amistad y correspondencia
por mucho tiempo, y a él va dirigida la carta en recuerdo de este hecho.
El tercero es Fulcuyo. La bondad que irradia Bruno une los corazones de
los tres amigos.
Y bajo aquel plácido y espiritual departir de amigos en el risueño jardín,
irrumpió como una llamarada el Espíritu Santo: "Entonces, ardiendo en
amor divino, prometimos, hicimos voto y dispusimos abandonar en breve
el mundo fugaz para captar lo eterno y recibir el hábito monástico".
La decisión, como la cuenta su protagonista, tiene algo de repentina
y mucho de poderosa. El "amor", y no cualquiera, sino el "divino", les
hizo literalmente "arder". Tres verbos funden y suman su acción: "prometimos",
es decir, abrazamos una opción mediante la virtud de la fidelidad; "hicimos
voto", nos comprometimos ante Dios en virtud de la religión; "dispusimos",
determinamos cómo ejecutarlo. Triple acción unificada que recae también
sobre un triple objeto: abandonar el mundo fugaz, retiro a la soledad;
captar lo eterno, vida contemplativa; y recibir el hábito monástico, pasar
al orden monacal.
Si cada situación concreta de la vida humana tiene un carácter singular
e irrepetible, hay algunas que marcan a la persona para siempre. Así fue
en este caso para Bruno.
Era una llamada fuerte e inconfundible a la conversión total a Dios,
vocación a su propio destino de santidad. Entonces no podía conocer al
detalle sus caracteres. Los irá descubriendo en una búsqueda perseverante.
Menos podía adivinar la originalidad de esta llamada y su transmisión
a futuras generaciones de monjes. Pero como una semilla que, fielmente
cultivada, llega a árbol frondoso, estaban allí en germen todas las facetas
de la vocación monástica, tan rica en horizontes.
Aunque no pensase en ello, estaba iniciada la vida en Dios y su servicio,
la entrega radical por amor al Único siempre inagotable, el desarrollo
en plenitud de la gracia bautismal, la escucha y comunión con el Espíritu,
su función eclesial como miembro del Cuerpo místico, el testimonio de
una vida consagrada en los consejos evangélicos, la esperanza viva de
los bienes celestiales y la parusía. Y expresamente mencionados en el
compromiso de los tres amigos estaban tres rasgos fundamentales: el hábito
monacal, que era como decir la vida monástica; la soledad, la contemplación
y el motor de ello, el amor divino.
Bruno es un hombre calmoso, mesurado, de una igualdad inalterable de
carácter. Su vida interior parece haber madurado lentamente en los cargos
y pruebas, con la experiencia del mundo y de los hombres. Hubiera podido,
sin duda, merced a una disposición providencial, deber su llamamiento
a un suceso extraordinario; pero la llamada interior a una vida más profunda,
coronando una constante y excepcional fidelidad, es mucho más conforme
con su carácter y con el tipo mismo de santidad que se reconoce en él.
Este hombre grave y recogido, avanzado ya en las vías del espíritu, no
iba a ser llamado por Dios con un golpe teatral, ni determinado a cambiar
de vida por un terror súbito: después de haber caminado largos años en
la presencia del Señor, recibe simplemente la gracia de una mayor dedicación
a Dios.
Sería imprudente fijar con demasiada precisión la fecha en la que los
tres amigos, Bruno, Raúl Le Verd y Fulcuyo Le Borgne realizaron su voto
en el jardincillo de la casa de Adam. Sea como fuere, la conversión narrada
por Bruno es un momento cumbre en la historia de su vocación, uno de esos
momentos de altura y plenitud, una de esas horas a partir de las cuales
se puede contemplar el panorama interior del alma distinguiendo los distintos
niveles.
Este momento para Bruno y sus dos compañeros es un momento de fuego
divino.
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Ante las distintas opciones graves de su vida, se
había decidido plenamente por Dios, con una intransigencia e intensidad
significativas. Había consagrado los años de su juventud y madurez al
estudio personal y luego a la enseñanza de los Libros Santos. No sólo
se hizo clérigo, sino que había aceptado el canonicato en la forma usual
en la catedral de Reims entonces, y en este cargo había manifestado virtudes
cuyo testimonio nos han llegado por los "Títulos fúnebres" (3).
La llamada en el jardincillo, le marcaba un nuevo horizonte en su vida.
Tras la generosa entrega, la siguiente etapa es la búsqueda de un ambiente
humano y eclesial en donde poder realizarla. Dentro del monaquismo descarta
a Cluny, posición muy significativa en aquellas circunstancias, conociendo
muy bien la realidad y el ideal de su observancia. Bruno indaga, tantea,
pero nunca por este lado. No se sabe que visite abadía o algún monasterio
cluniacense, ni hay referencia alguna que indique especial conexión.
Al otro extremo de los cenobitas estaban los "reclusos", hombres o mujeres
voluntariamente encerrados en una celda murada o sellada por el obispo,
o en dependencia de un monasterio cercano. Tampoco Bruno tanteó por ahí.
Más que vivir, quiere convivir la soledad.
En una fecha que no podemos precisar exactamente, pero que se sitúa
entre 1081 y 1083, Bruno abandonó Reims después de renunciar a la sede
arzobispal para la que, según los escasos datos históricos con que contamos,
habría sido propuesto. Se dirigió, junto con dos compañeros, Pedro y Lamberto,
hacia el sur, en dirección a Troyes.
Cuando Bruno, Pedro y Lamberto acudieron a Roberto, abad de Molesmes,
en las cercanías de Troyes, acababan de regalar a la abadía la finca de
Sèche-Fontaine, que no utilizaban. Sèche-Fontaine, pues, fue el lugar
donde, con la aprobación de Roberto, se instaló Bruno con sus compañeros.
Allí vivieron vida eremítica.
Inevitablemente tenía que llegar el día en que Molesmes, por la expansión
de su crecimiento, pondría a los ermitaños de Sèche-Fontaine ante la alternativa
de elegir entre la vida cenobítica uniéndose a la abadía, o la vida eremítica,
proceso frecuente en las fundaciones eremíticas que durante aquellos años
poblaron los bosques y soledades de Francia. La opción no tardó en presentarse;
los ermitaños, a los que se habían unido algunos discípulos, se dividieron
según sus distintas vocaciones. Pedro y Lamberto escogieron Molesmes,
siguiendo en Sèche-Fontaine.
Pero Bruno lleva en sí otro ideal de vida espiritual: se siente impulsado
por el Espíritu de Dios al "desierto", y escoge el eremitismo. Así vemos
cómo, acompañado indudablemente de algunos compañeros, deja Sèche-Fontaine
y va en busca de un lugar apropiado para la realización de su proyecto.
Esta separación se hizo en un clima de sinceridad y caridad.
Fuera como fuese, la nueva partida de Bruno, su salida de Sèche- Fontaine,
nos da una luz especial sobre su vocación. Como monje, no se siente llamado
a la vida cenobítica. Quiere la soledad, el "a solas con el Solo", a solas
con Dios. Este es el auténtico llamamiento del Espíritu Santo en su alma
y en su vida.
De nuevo emprendió la ruta del sur con algunos compañeros; se dirigieron
hacia Grenoble, en dirección a los Alpes. Buscaban un lugar donde poder
responder a la llamada de Dios, y atraídos por la santidad de Hugo, obispo
de esa ciudad, acudieron a verlo.
Estamos en el año 1084 cuando Bruno y sus compañeros llegan a la presencia
de Hugo de Grenoble; comienza así una maravillosa y misteriosa aventura...
La fecha en que aquella semilla de vida solitaria caía en tierra de
Chartreuse es uno de esos hitos indelebles que enmarcan la historia de
una institución.
El desierto de Chartreuse
Bruno, cuando llegó a Grenoble, no tenía ninguna idea preconcebida sobre
el lugar donde implantaría su eremitorio. Sólo desea encontrar un sitio
a propósito para ese tipo de vida.
Anda en busca; su idea de la vida eremítica es clara, pero no sabe dónde
realizarla. Espera encontrar ese sitio en la diócesis de Hugo, donde abundan
las montañas, pero no está seguro de ello. En cambio, está convencido
de que encontrará en Hugo a un hombre verdaderamente de Dios, que comprenderá
su proyecto y cuyo trato y conversación, como los de Roberto de Molesmes,
estimularán su fervor.
Siete son los que forman el pequeño grupo que se presenta ante el Obispo.
Desconocemos dónde y cuándo se adhirieron a Bruno sus compañeros; ningún
documento nos lo revela, pero los siete estaban decididos a llevar juntos
vida eremítica y desde hacía algún tiempo buscaban un lugar a propósito
para realizar su proyecto.
Bruno los conduce hasta el Obispo que, inspirado por un sueño, los guiará
hasta el desierto del macizo montañoso de Chartreuse. Es Guigo, el quinto
prior de la Cartuja, autor de la "Vida de San Hugo", quien nos refiere
y autentifica la realidad del sueño, y su probada austeridad nos lo confirma.
Si, finalmente, Bruno y sus compañeros se instalan en el desierto de
Chartreuse, no es porque ellos mismos hayan escogido el lugar, Dios mismo
se lo señaló por mediación de su intérprete, el obispo Hugo.
Una mañana de junio, hacia la fiesta de San Juan Bautista, un pequeño
grupo de hombres, con rostros graves y pobre vestimenta, salía de la residencia
episcopal de Grenoble, guiados por el joven obispo Hugo. Se dirigían hacia
el norte y tomaron la ruta del Sappey. Dejando atrás las últimas casas
del pueblo, penetraron en el inmenso bosque.
En este desierto penetraron audazmente nuestros viajeros por la puerta
de la Cluse y, como si buscasen el punto más salvaje, subieron hasta el
extremo norte, donde el desierto termina en una garganta cerrada por montañas
tan altas que el sol apenas penetra allí durante la mayor parte del año.
Todavía hoy los árboles se estiran hacia el cielo entre las hendidas rocas,
como fantásticas lanzas, para conquistar al menos con sus copas el aire
puro, la luz y el calor.
Allí se detuvo la pequeña caravana; habían llegado. El sitio escogido
es un testimonio del ansia ardiente de los siete primeros cartujos por
la vida solitaria. Porque ...¡no se acertaría a encontrar otra cosa en
el lugar donde se establecieron! La presencia de una fuente determinó
probablemente el emplazamiento.
Quedaban en el desierto siete hombres: Maestro Bruno, Maestro Landuino,
toscano de Luca y renombrado teólogo; Esteban de Bourg y Esteban de Die,
canónigos ambos de San Rufo; Hugo, a quien llamaban el capellán por ser
el único que entre ellos ejercía las funciones sacerdotales, y dos laicos,
Andrés y Guerín, que serían los conversos.
*******
Bruno quería la vida eremítica pura, con soledad estricta, atemperada
solamente por algunos actos de vida comunitaria. Una vida eremítica, por
tanto, cuyos peligros e inconvenientes se vean contrarrestados por elementos
de vida cenobítica.
La comunidad será poco numerosa, lo suficiente para garantizar la subsistencia,
pero evitando que su aumento desproporcionado condicione necesidades imposibles
de cubrir. Admirable solidaridad espiritual de un grupo de hombres, enamorados
de Dios, que se organizan entre sí para que de sus vidas unidas brotara
la contemplación pura.
La parte de vida comunitaria no es una simple concesión a la fragilidad
de la naturaleza humana, sino que constituye un verdadero intercambio
espiritual y humano. Una amistad santa une entre sí a los miembros del
grupo. Amistad que se entabla entre fuertes personalidades de gran mérito,
doctrina y santidad, cuyo prototipo es Bruno. Estos tres rasgos parecen
caracterizar al cartujo, tal como lo quiere San Bruno.
La contemplación debe nutrirse en la fuente de la Sagrada Escritura
y los santos Padres; a su vez, este conocimiento debe encontrar un estímulo
en la contemplación. Conocimiento lleno de amor, y amor que lleva al conocimiento.
El cartujo vive, en su espíritu y en su corazón, el misterio de Dios.
Y lo vive con grandeza de alma. Nada hay de mezquino en esta vocación.
Todo está marcado con ese carácter de absoluto, de exigencia, de totalidad,
de plenitud, que da su verdadera talla al hombre de Dios.
De ahí la importancia del lugar escogido, porque semejante forma de
vida no se puede realizar en cualquier parte. Se necesitan unas condiciones
especiales: un desierto, una separación del mundo, un número reducido
de ermitaños, una proporción razonable entre "padres" y "hermanos". La
Chartreuse ofrecía una ocasión excepcional, quizá única, para realizar
sin ningún obstáculo semejante ideal.
En estas circunstancias es difícil imaginar que Bruno y sus compañeros
hubieran tenido ni la más remota idea de fundar una Orden. No, sólo formaron
un grupo reducido de solitarios, con unas exigencias concretas y en unas
condiciones únicas que podían esperar continuaran mucho tiempo después.
Tenían una conciencia demasiado viva de la originalidad de su estilo de
vida, y, sobre todo, tal amor al silencio, a la humildad, al olvido y
a la abnegación que no soñaban en extenderlo a otras partes y a otras
personas. La idea de multiplicar su experiencia en el espacio y, sobre
todo, en el tiempo, les era totalmente extraña. Convenía que la primera
generación de cartujos, y el mismo Bruno, vivieran y murieran sin otra
intención que la de vivir como perfectos ermitaños contemplativos, a fin
de que su ideal llevara la impronta de una pureza absoluta. Más tarde,
el Señor dispondría las cosas de modo distinto al que habían pensado,
pero esto sería obra de Dios...
*******
El 9 de diciembre de 1086 proporcionó una gran satisfacción a Bruno
y a sus compañeros. Ese día, en un sínodo celebrado en Grenoble, el obispo
Hugo ratificó solemnemente las donaciones que habían hecho dos años antes
los propietarios de las tierras de Chartreuse. Los cartujos quedaban dueños
definitivamente de aquellas posesiones y además en la carta se definía,
no sin solemnidad, el fin y la razón de ser del eremitorio.
Bruno podía creer por fin que había alcanzado el puerto por el que suspiraba
su alma. Durante seis años siguió esta vida que consideraba como la más
pura, la más santa, la más consagrada a Dios y también la más eficaz en
un mundo en el que la misma Iglesia institucional, demasiado comprometida
en intereses políticos y temporales, se corrompía. En la Cartuja creía
haber encontrado definitivamente ese estar a solas con Dios, que consideraba
como el preludio del cara a cara eterno.
Junto al papa Urbano II
Desde su elección, Urbano II se propuso rodearse de hombres íntegros,
cuya absoluta fidelidad a la Iglesia y a la obra emprendida por Gregorio
VII conocía, para asociarlos al gobierno de la Iglesia; Hugo, abad de
Cluny, Juan, de Monte-Casino, Bruno y hasta un total de quince monjes,
fue llamando paulatinamente a su lado durante su pontificado.
Bruno recibió un día la inesperada noticia de que el Papa le llamaba
a Roma, y no para pasar una temporada, sino para quedarse allí. Su obediencia
fue absoluta e incondicional en cuanto conoció la orden de Urbano II;
la noticia, sin embargo, provocó entre los ermitaños que vivían con Bruno
una gran desmoralización.
El tiempo urgía. Como sus compañeros estaban decididos a no continuar
sin él su experiencia de Chartreuse, Bruno tenía que solucionar, antes
de partir, la cuestión de la propiedad. De acuerdo con el obispo de Grenoble,
Hugo, que tenía jurisdicción sobre las tierras de Chartreuse, se decidió
que el dominio pasase a la abadía de Chaise-Dieu, representada por su
abad Seguín.
Quizá sea este el momento en que Bruno mostró mayor grandeza de alma.
Se trata de renunciar a aquello por lo cual lo había sacrificado todo,
y de volver a encontrarse con lo que había abandonado. Aquella soledad
conquistada al precio de tanta tenacidad, de tanta paciencia y tan conscientes
renuncias, aquella soledad en la que al fin había hallado respuesta a
las más profundas aspiraciones de su alma, aquel puro amor de Dios, aquella
experiencia espiritual que a todas luces parecía favorecida por el Señor
y que prometía tan maravillosos frutos de santidad, todo aquello quedaba
de pronto reducido a la nada por una orden del Papa. Y él tenía que partir
hacia la corte romana donde volvería a encontrar en grado superlativo
todas aquellas preocupaciones, peligros e intrigas que había tratado de
evitar al salir de Reims.
Si al menos sus amigos, sus compañeros, estuvieran decididos a proseguir
la experiencia cartujana o intentaran continuarla... Pero no, él se iba
y ellos querían irse también. En el fondo de su sacrificio personal, el
comprobar ahora de repente el vivo afecto que le tenía aquel pequeño grupo,
pese a su magnífico esfuerzo de renuncia al mundo, debía de ser para Bruno
una ocasión de humillación más que de consuelo. Así se encontraba ante
un sacrificio total de su proyecto primitivo, por el que tanto había luchado,
y esto a sus sesenta años.
Dios iba a enseñarle, y a enseñarnos por medio de su vida, que existe
una soledad aún más profunda que la soledad del desierto... La soledad
de la obediencia y del don de sí a aquellos que uno no ha escogido, sino
que se los ha elegido el Señor: "Otro te ceñirá y te llevará adonde tú
no querías ir". La frase de Jesús a San Pedro se realizará en Bruno.
Pero he aquí que sus compañeros dispersos vuelven sobre sus pasos y,
reflexionando mejor sobre los consejos de Bruno, empiezan a dudar de la
sensatez de su decisión. Bruno y sus hijos vuelven a examinar su situación.
Él, desde Roma, les seguirá siendo fiel y les ayudará con sus consejos
y su amistad.
Ahora la situación cambia por completo. Se acepta el consejo de Bruno
y se reagrupa la comunidad. Bruno le da un nuevo prior en la persona de
Landuino. Pero entonces surge un problema muy grave: aquel grupo de ermitaños
ya no es propietario de Chartreuse. Y este derecho de propiedad, que les
asegura su subsistencia e independencia, es indispensable para vivir de
nuevo su vocación. Bruno solicitó de Seguín la retrocesión de las tierras,
paso que no dejaba de ser humillante para él. Aunque fuera segura su estabilidad
personal en el plan trazado, el hecho de que el grupo se volviera atrás,
podía parecer a los ojos de quienes conocían mal la vida de los ermitaños,
un signo de inconstancia y una prueba de inseguridad con respecto al futuro
de la fundación.
Bruno juzgó prudente que Urbano II interviniera en este asunto. La carta
del Papa a Seguín, rebasaba en su alcance la simple transferencia de un
derecho de propiedad. En realidad constituía la primera aprobación pontificia
de los cartujos y afirmaba algo que siempre había parecido a Bruno esencial
en su proyecto: la total independencia de sus ermitaños de cualquier patronazgo,
fuera el que fuera: obispo, abadía o príncipe.
En el mes de septiembre de 1090 vemos, pues, restablecido en su primer
estado el eremitorio de Chartreuse. Bruno está lejos, pero no ausente...Dentro
de unos diez años podremos comprobar, por el contrario, el fervor, la
unidad del grupo, la fidelidad de Landuino y la intensidad de la presencia
invisible de Bruno entre sus hijos de Chartreuse.
*******
El esfuerzo de Bruno por adaptarse al ritmo de vida de la corte pontificia
parece haber sido leal. Es verdad que las circunstancias no eran muy favorables
para tal adaptación; la difícil diplomacia de aquel tiempo, la guerra,
el cisma, las intrigas, creaban un clima, un mundo en el que Bruno no
llegaba a encajar. Y en el fondo de su corazón se dejaba sentir, tanto
más vivo cuanto más lo contradecía la situación, el deseo de soledad y
sosiego.
Bruno expuso a Urbano II su desasosiego y solicitó el permiso de abandonar
de nuevo la corte para volver a su desierto. Pero Urbano II tenía entonces
un delicado puesto que cubrir, el arzobispado de Reggio.
Debió de tener conversaciones francas e íntimas con el Papa, abriendo
su alma y exponiendo sus deseos, sus aspiraciones, su camino, a aquél
que tenía la misión de orientar su vida. Y Urbano, que podía mantener
y confirmar su orden imponiendo a Bruno el episcopado bajo censuras eclesiásticas,
reconoció al fin en su antiguo Maestro una vocación excepcional, un llamamiento
particular, por lo que Rangier fue elegido para la sede de Reggio.
La decisión honraba tanto a Urbano II como a Bruno. Los dos se inclinaron
ante esa realidad misteriosa, pero clara y real e imperiosa, que se llama
vocación de Dios.
Hace unos meses Bruno había sacrificado su vocación de ermitaño a una
llamada del Papa; ahora Urbano II sacrificaba su llamamiento ante una
llamada superior descubierta en el alma de Bruno. A través de este sacrificio
la Iglesia reconocía el valor eminente de la vida puramente contemplativa
para su obra de Redención.
Su alma tendía a volver humildemente y con sencillez a aquel lugar donde
había gustado la soledad y la paz del desierto durante seis años. Todo
le llamaba hacia sus hijos de Chartreuse. Podía prever de antemano su
alegría ante la noticia de su vuelta. Sin embargo, en su deseo de volver
a Chartreuse, tropezó con la voluntad expresa de Urbano II: debía quedarse
en Italia y, dada la conflictiva situación que existía con los normandos
en el sur de la península, no es aventurado pensar que el mismo Papa dirigiera
los pasos de Bruno hacia Calabria.
*******
Este hecho tuvo para la experiencia eremítica de Bruno una importancia
considerable. La misma Chartreuse dará pruebas de estar tan profundamente
impregnada del espíritu de Bruno que, el grupo de ermitaños, a pesar de
su ausencia, puede vivir fervorosamente según su ideal.
Hemos visto al Santo dejar Sèche-Fontaine ansioso de una mayor soledad,
hallar en la Cartuja un desierto donde se realizaba esta soledad en un
grado único, permanecer allí seis años, y no salir de allí sino por obediencia.
Le hemos visto renunciar al arzobispado de Reggio. Todos estos hechos
hablan por sí mismos.
No cabe duda ninguna, Bruno no tiene otro deseo, una vez conseguido
el permiso del Papa, que encontrar una soledad análoga a la de Chartreuse
para vivir allí con Dios. Espera que la providencia le conducirá de nuevo
hacia el desierto donde está su verdadera vocación. Desde su punto de
vista, el problema es sencillo. Cuando "el Único necesario" se ha apoderado
de un alma, todo se simplifica.
Soledad reconquistada en Calabria y muerte de San Bruno
Bruno se encuentra ahora con dificultades muy distintas de las de Chartreuse.
En la primera Cartuja, la fundación le fue facilitada al máximo por Hugo
de Grenoble, que comprendía su ideal hasta el punto de hacerlo suyo, apoyándole
con toda su autoridad, y prodigándole sus consejos y ayuda. En cambio,
en Calabria fueron los hombres más que la naturaleza los que entorpecieron
su proyecto.
La decisión de Bruno de volver a la vida eremítica tuvo lugar en el
momento en que Urbano II y el conde normando Rogerio procuraban darse
muestras de un amistad inquebrantable. Por lo demás, la política de latinización
de la vida monástica que inaugura el conde Rogerio en Calabria no es vista
con malos ojos por la corte pontificia. En cuanto a Bruno, sólo le domina
una idea: volver a hallar en Calabria, en la medida en que las circunstancias
se lo permitan, la soledad y la paz de que había gozado en Chartreuse.
El lugar donde Bruno instaló su nuevo eremitorio se llamaba Santa María
de la Torre y, aunque solitario, no ofrecía a la soledad de los ermitaños
las mismas defensas naturales que el macizo montañoso de Chartreuse. Es
allí, sin embargo, donde se levanta el nuevo eremitorio y donde el Santo,
con otros compañeros laicos y clérigos, vuelve a dedicarse a la vida puramente
contemplativa.
No nos cabe la menor duda de que Bruno vivió y ayudó a vivir a los demás
en Santa María de la Torre esta vida contemplativa ideal y concreta, apasionante
y existencial. A pesar de la diferencia de lugares y circunstancias políticas,
todo nos inclina a creer que, los diez años de Calabria fueron para él
muy parecidos a los seis de Chartreuse: el mismo silencio, el mismo gusto
por la soledad, el mismo celo por la vida contemplativa, la misma influencia
espiritual en su comunidad, la misma sencillez y bondad, la misma caridad...
Pero Bruno guarda el recuerdo de la Cartuja lejana y vela por ella.
Dios le reserva un gozo del cual se conservará para los cartujos un precioso
testimonio: la visita, sobre el año 1099, del prior de Chartreuse, Landuino,
y con esta ocasión, la carta "ad fratres Cartusiae".
El viaje de Landuino nos atestigua que la comunidad de Chartreuse ha
conservado un profundo afecto hacia Bruno y continúa viendo en él a su
verdadero Padre.
*******
Llega el año 1101 y los días del Santo se acaban. En la semana que precedió
a su muerte, Bruno quiso hacer su profesión de fe, según costumbre muy
extendida en aquella época.
Más que una profesión de fe, sus palabras son una profesión de amor.
Bruno quiso morir en la Luz que había iluminado toda su vida.
El 6 de octubre, domingo, su alma santa se separó de su cuerpo; era
el 6 de octubre del año del Señor 1101. Tenía algo más de 70 años, y hacía
17 que había fundado el eremitorio de Chartreuse.
La tranquila serenidad de esta muerte nos la atestigua la Carta encíclica
que sus hijos de Calabria escribieron encabezando el Rollo de difuntos.
Allí se ve también la unión profunda de todos los corazones en un mismo
afecto hacia él.
Apenas se conoció la noticia de su muerte, la gente de Calabria e Italia
corrió a venerar sus restos mortales. Se cuenta que los cartujos tuvieron
que dejar expuesto tres días el cadáver antes de enterrarlo.
Después de su muerte Bruno recibió sepultura, como los demás ermitaños,
en el cementerio de Santa María.
*******
Por su carisma de fundador, San Bruno ha comunicado esta riqueza de
vida sobrenatural a través de un doble canal, como maestro y como padre.
Ambos caracteres se diferencian y se completan. El maestro enseña, el
padre engendra; el maestro transmite ciencia, el padre vida, algo sustancial
semejante a sí mismo; el maestro puede originar una tradición, el padre
establece una herencia. El fundador influye de varios modos: por poseer
las virtudes propias de la vocación que inicia, o por impulsar al seguimiento
de Cristo, o por desarrollar en sí el carisma de la vocación.
Sus discípulos vieron en él a un hombre sabio, bondadoso, ejemplar,
profundamente sencillo, lanzado él y arrastrando a los demás a la búsqueda
de Dios. Auténtico formador que enseñaba lo que vivía. Así lo vio Guigo:
"Famoso por su religión y piedad, modelo de honradez, gravedad y total
madurez". Y en la misma línea lo vieron sus sucesores, como dom Le Masson:
"Aunque no dejó forma escrita de vida..., fue modelo de solitarios...,
suministró medios para avanzar en la caridad...y acelerar el seguimiento
de Cristo sin mirar nunca atrás".
Pero también descubrían en él al padre, apelativo que con las nuevas
generaciones de cartujos fue ganando en significación.Consecuentes con
este uso monástico y reclamándolo la bondad innata deSsan Bruno, las primeras
comunidades de Chartreuse y de Calabria lo llamaron Padre.
Hay que renunciar ciertamente a conocer con profundidad los sucesos
de la vida de San Bruno. Pero tras estas líneas podemos sacar a la luz
algunos rasgos de su fisonomía que nos aportan un conocimiento mucho más
importante que el detalle de tal o cual dato de su "curriculum vitae".
Hemos podido ver a San Bruno distinguido por su ciencia, amado por sus
discípulos, incorruptible en un medio trabajado por la simonía y en un
tiempo en el cual, aun los hombres rectos, se dejaban inducir a ciertos
compromisos. Tranquilo, constante, de voluntad firme, sabiendo asumir
sus responsabilidades llegada la hora. En fin, renunciando a todo y deshaciéndose
por consagrarse enteramente a Dios en el momento en que hubiera podido
alcanzar sin intriga ninguna las más altas dignidades, de las cuales todos
le juzgaban capaz.
Al seguir paso a paso las peripecias de la lucha contra el arzobispo
simoníaco, se desprende como rasgo principal esta honradez a toda prueba.
Así, se puede confiar en los títulos fúnebres, cuyos autores han quedado
visiblemente impresionados por este aspecto de la fisonomía de Bruno.
Sus contemporáneos han visto en él un hombre "justo y sincero", "un excelente
varón", que fue "el honor del clero, íntegro de costumbres", "de una admirable
probidad", "cuya piadosa vida iba realzada por su honradez". Fue "sencillo,
puro, y lleno de amor de Dios"... Ya en 1102, en la metropolitana de Reims,
los canónigos con quienes había vivido lo calificaban de "santo".
ALMA DE SAN BRUNO
Antes de adentrarnos en el alma de San Bruno, debemos tener en cuenta
que los rasgos de su alma, no se dieron en síntesis y de una vez. Hubo
en él un crecimiento dinámico, entretejido de purificaciones, llamadas
del Espíritu y entregas del alma, del que sólo percibimos reflejos. En
una primera etapa, los veinte años de magisterio, amplía su saber bíblico,
y ejercita y aviva, con el caso de Manasés, su sentido eclesial. La persecución
acrisola su amor. Una vehemente irrupción del Espíritu llamándolo al desierto
y su generosa respuesta rematan esta fase. Sigue un segundo período de
búsqueda de sitio y de forma de observancia monástica. Otra prueba trunca
estos afanes, la llamada ineludible a Roma. Y una serie de íntimas renuncias,
a Chartreuse, a Roma, a Reggio, van coronando y perfilando su carisma.
En la última etapa vive con intensidad su vocación contemplativa y se
prepara para la llamada definitiva a la Patria. Todos estos acontecimientos,
fueron forjando su alma.
En este itinerario, una serie de notas personalísimas se fueron estructurando
sobre tres grandes coordenadas. En la sabiduría descansa su vida contemplativa,
la docilidad a la escuela del Espíritu Santo, su ponderación y equilibrio.
En la bondad estriban su amor y fidelidad a Dios, la obediencia y el gozo,
el culto litúrgico y otras manifestaciones cenobíticas. En la simplicidad
se fundan la aspiración al Único necesario, el silencio y soledad eremíticos,
la estabilidad y la pobreza.
Monje como tantos otros de su siglo, y más especialmente eremita como
muchos, no busca en modo alguno una fórmula singular. Pero la vida monástica
vivida por él ha recibido una tonalidad propia debida a las aspiraciones
de su alma y a su temperamento personal, tonalidad que se ha conservado
sin duda alguna como el sello característico de su Orden.
Soledad
Hemos visto aparecer ante nosotros, cada vez más claramente el amor
de San Bruno hacia la soledad. Sabemos que pese a las llamadas que le
han solicitado repetidas veces hacia la vida activa, ha vuelto siempre
a la vida contemplativa llevada en el yermo. El testimonio de su predilección
por este género de vida se mostró en ciertas circunstancias con vigor
excepcional.
Ante todo San Bruno ansía para su búsqueda del Señor un desierto lejos
de los hombres. En la Cartuja, Dios le había deparado una soledad inaccesible.
Escribirá a Raúl Le Verd: " Cuánta utilidad y gozo divino traen la soledad
y el silencio del yermo a quien los ama, sólo lo conoce quien lo haya
experimentado...".
Aunque no poseyéramos otro texto, bastaría éste para caracterizar los
atractivos de su alma. Al leer estas líneas se palpa que la soledad es
para Bruno un elemento esencial de su vocación y el lugar de su encuentro
con Dios.
Unas líneas más abajo, en la misma carta, Bruno repite las mismas ideas,
casi las mismas palabras. Se trata de algo que lleva grabado en el corazón.
El desierto engendra en quien a él se entrega, gozo y utilidad, pero de
una calidad muy especial, por ser divinos. A sus ojos, el único verdadero
gozo, la única utilidad digna de tal nombre es encontrar a Dios y dejarse
transformar por Él. En términos apenas velados acaba de entregarnos su
secreto; lo que añada luego, no hará más que precisar el modo cómo el
desierto realiza su obra, transfigurando al hombre en imagen de Dios.
Si para Bruno, la "divina sabiduría" consiste en la unión con Dios en
la vida contemplativa, la soledad es la escuela donde se vive bajo la
dirección del Espíritu Santo que lleva a la consecución de esta divina
filosofía.
Entre los distintos títulos fúnebres que ensalzan la soledad vivida
por Bruno, podemos citar el número 54: " Se retiró a la soledad, y allí
como suavísima fruta, esparció su aroma llamando hacia Cristo a los engañados
por la vana gloria del mundo. Día y noche estaba atento a los preceptos
del Señor, convertido en modelo de quienes llevan vida de soledad...".
Bruno fue sin duda ninguna, entre los solitarios de su siglo, uno de
los que más se distinguió por su fidelidad a toda prueba al ideal de soledad.
Es un maestro en cuestión de soledad, pero se siente atraído a escrutar
su dimensión espiritual, sin detenerse en la observancia exterior que
implica, y que es evidente para él.
El primer sentimiento que surge de la pluma de Bruno, es que la auténtica
soledad, la soledad estable y profunda, es un don totalmente gratuito
de Dios.
La soledad es una gracia que hay que recibir con agradecimiento. No
es una conquista de nuestra voluntad, por muy perseverante que sea. No
es tampoco fruto de alguna técnica humana...
Bruno no vacilará en sacar esta conclusión: hemos de temer perder una
dicha tan deseable, por la razón que sea, ya que nuestra alma sentirá
un continuo pesar por su pérdida.La soledad, en especial la soledad interior,
ésa que permite gozar en paz del sosiego y la seguridad, esa soledad,
puede perderse...
El Santo no deja nunca presentir que para él la soledad sea rechazar
a los demás, o elevar un muro entre él y sus hermanos, los hombres. Al
contrario, lo sentimos muy atento a todas las dimensiones de la auténtica
caridad.
Para atreverse a hablar de la soledad y del silencio del desierto, hay
que haberlos afrontado y haberse enamorado de ellos. Para evocar la utilidad
y gozo divinos que engendran, hay que haberlos saboreado.
Para adentrarse en el silencio del corazón y saborear su divina profundidad,
hay que empezar por despojarse, y dejarse despojar, de todas la seguridades
y apoyos a nuestro alcance, con los que contábamos espontáneamente. Hay
que aprender a no tener más apoyo sólido que el mismo Dios. Esta actitud
halla un modo de expresarse exteriormente cuando, bajo la acción de la
gracia, eliminamos los objetos superfluos, y con el tiempo debe ir profundizándose
hasta llegar a purificar nuestro corazón de todo deseo de poseer a las
criaturas o hasta el mismo Dios. Pero como ya hemos advertido, una soledad
así es un don recibido y no se obtiene a base de ejercicios de fuerza
de voluntad.
La breve historia de la vida del Santo nos ha mostrado al papa Urbano
II aprobando su retorno a la soledad. Está, pues, Bruno en la soledad
por llamamiento divino y por voluntad de la Iglesia. Su ministerio era
el ministerio de la oración y cooperó más a los trabajos de Urbano II
por la reforma de la Iglesia con la santidad de su vida de oración en
el secreto de su celda que por los demás medios.
Conviene fijarse en este detalle de modo especial, porque después de
San Bruno, será el punto fundamental de la doctrina de dom Guigo. La Orden
Cartujana se caracteriza específicamente dentro de la Iglesia por su fidelidad
a la vida contemplativa en soledad, libre de toda otra función. Cumple,
pues, su papel en la vida del Cuerpo místico, papel exclusivamente espiritual.
Por eso San Bruno daba a sus hijos de la Cartuja la recomendación esencial
de guardar intacta su soledad espiritual y material, y mantener vivo el
fervor de su amor, preservándola de todo contacto que pudiera alterarla.
Su vocación es amar a Dios, y sin volver al mundo han de difundir silenciosamente
la vida divina en las almas.
Fidelidad
En la vida solitaria elegida por San Bruno, el alma permanece "bajo
la dirección del Espíritu Santo", y uno de los frutos de la soledad es
"la paz y el gozo en el Espíritu Santo".
En esta vocación todo es obra del amor. El recuerdo del amor de Dios
se repite sin cesar, como un estribillo, en la pluma de san Bruno: "ardiendo
en amor divino" hicieron voto los tres amigos. No hay que dejar languidecer
este amor como lo ha hecho Raúl: "se resfrió el ánimo y se desvaneció
nuestro fervor". Bruno no desconocía los dones naturales de su amigo,
ni tampoco los servicios que puede prestar a la Iglesia. Raúl será más
tarde un excelente arzobispo de Reims. Sin embargo, a los ojos de San
Bruno la vocación contemplativa, consagrada al amor del modo más exclusivo,
conserva la primacía.
No ha acabado aún de mencionar el amor cuando vuelve a insistir de nuevo
sobre él. Preferiría que fuese "el amor de Dios quien moviese a su amigo"
a responder al llamamiento, antes que cualquier otro motivo.
Viviendo la vocación de soledad, en el silencio del desierto, "se adquiere
aquel ojo cuya serena mirada hiere de amores al Esposo, y con cuya limpieza
y puridad se ve a Dios".
Varios títulos fúnebres evocan el lugar del amor de Cristo en la vida
de San Bruno:
"Bruno, honor del clero, honra y prudencia del mundo. Cuando andaba
por estas tierras brillaba por la viveza de su inteligencia...Al dejarlas
para ser compañero vuestro, ermitaño de vuestro yermo, abandonó por completo
la carga de los honores, sin otra preocupación que el amor de Cristo."
"Ermitaño arrebatado de esta vida por la sed de Cristo...Beneficiaría
a la fe de la Iglesia conocer su comportamiento".
Como hemos visto, Bruno siempre permaneció fiel a la llamada de Espíritu,
pese a las dificultades. Nada le apartó de su vocación y en todo momento
su alma ardía en espera de ver cumplida para siempre su llamada a la vida
de soledad y silencio.
Desprendimiento - Simplicidad
El "Único necesario" es objeto de una búsqueda intensa de Bruno en la
soledad. Se ha entregado a Dios ardiendo en amor. Ha renunciado a cuanto
podía apartarle de su objetivo. Toda su vida de cartujo queda iluminada
por la plenitud de esta orientación de su alma hacia la vocación contemplativa.
Nada le detiene. Se le ve desprendido sucesivamente de su cátedra, del
mundo y de los honores. Desprendido de su desprendimiento mismo, de su
autoridad, e incluso -en cierto sentido- de aquella realidad viviente
que su impulso espiritual dio a luz.
La posición de San Bruno en este punto es bien definida: la soledad,
el desprendimiento absoluto por Dios, la abstención de toda irradiación
de la actividad al exterior son los distintivos de la vida monástica querida
por él. El alma permanece libre de todo contacto con el mundo, de cualquier
ocupación o preocupación que no sea Dios sólo: virginidad espiritual.
En un silencio profundo de los cuidados de la tierra, un desprendimiento
de todo apego. El alma del Santo está libre de todo, salvo de su amor;
está plenamente unida a Dios.
Lo "útil" para San Bruno no está, pues, en el orden de la eficiencia
externa, sino en el plano del amor. No es perseguir un fin humano, sino
buscar a Dios. No es darse a la acción, sino a la contemplación. La grandeza
del hombre no se mide por lo que hace, sino por lo que es, y su grado
de ser depende de su grado de amor. Nada es para él más "útil" que entrar
en la intimidad divina.
En la soledad y el silencio, su alma se eleva a Dios. Así gusta de comparar
su vocación a un velar del alma, esperando con ansia al Sveñor.
Para caracterizar la vida que lleva con los suyos, usa de una imagen
que simboliza y evoca lo esencial de su fisonomía: es la imagen del resguardado
puerto, tranquilo y seguro. La imagen expresa en la mente de Bruno el
retiro de la soledad, la paz de la vida contemplativa que aquí se lleva,
y también la liberación del mundanal ruido y sus inquietudes.
La simplicidad que se desprende del estudio de la vida monástica según
San Bruno no consiste tan sólo en la simplicidad de su fin y en la liberación
de las complicaciones del mundo. Reside, ante todo, en que el Santo no
ha propuesto "prácticas" particulares de santificación. Los textos donde
ha expresado su pensamiento van enlazados por la sola perspectiva de la
unión con Dios por la oración, unión que él ha realizado plenamente en
su celda solitaria. Su vida está ordenada a buscar al mismo Dios con más
intensidad en el hombre interior, encontrarle antes y poseerle con mayor
perfección.
Si todas las cualidades naturales de San Bruno, perfeccionadas por la
gracia, se resumen en la "fuit aequalis vitae" (de ánimo siempre igual),
todos los rasgos de su pensamiento monástico vienen a converger en el
"puerto tranquilo y seguro" que le ofrece la soledad para buscar dentro
de la simplicidad a Dios.
Firmeza - Estabilidad - Igualdad de ánimo
Tras las luchas en Reims y en todas las épocas de su vida, impresiona
ver la firmeza de voluntad de Bruno y su constancia en el cumplimiento
del deber, prudentemente reconocido. Esta estabilidad en el esfuerzo,
una vez decidida la tarea a realizar, parece ser un rasgo distintivo de
su temperamento, que se observa en todas las etapas.
Firme y estable aparece ante Manasés, y la misma firmeza muestra en
la búsqueda de la soledad, en el retorno al desierto cuando se vio obligado
abandonarlo, y en la fidelidad a la vocación contemplativa escogida. No
se deja seducir por las necesidades activas cuando éstas se le ofrecen...
El tema que sostiene toda la carta a Raúl Le Verd es la estabilidad
en la vocación. Bruno conjura a su amigo a que sea fiel a la decisión
tomada hacía algún tiempo de consagrarse a Dios en la vida monástica.
Los argumentos se apelotonan bajo su pluma. Todos convergen al mismo punto.
A Bruno no se le oculta que la estabilidad requiere una gran fortaleza
de espíritu. Es preciso no dejar desvanecerse el fervor. El antiguo adagio
según el cual la soledad es la patria de los fuertes, lo emplea el Santo
bajo una forma personal: "Aquí, en la soledad, pueden los hombres esforzados
recogerse en su interior cuanto quieran...Aquí concede Dios a sus atletas,
por los esfuerzos del combate, la ansiada recompensa...".
La estabilidad es, por tanto, para San Bruno un factor esencial de la
vocación contemplativa en la soledad. Requiere quietud, perseverancia,
continuidad en el esfuerzo. Pide almas lo bastante fuertes como para renunciar
a la dispersión, para no tener necesidad de ser sostenidas por imágenes
diversas de actividades externas renovadas a menudo, ya que la celda no
ofrece otra ocupación fundamental que la aplicación a la oración.
Su unión con Dios se manifiesta principalmente por la igualdad de ánimo
a través de todas las cosas; por el equilibrio en su vida donde existe
una armonía entre razón que informa, y fe que ilumina; por una cordura
que huye de los extremos, precisamente porque el exceso es rodeo y se
pretende ir a Dios en línea recta. Esa estabilidad es la paz fuerte y
suave que asegura el camino del alma y lo hace también seguro para los
discípulos que suscitará su ejemplo y su amor.
En el curso de su vida, en Reims en particular, San Bruno debió de soportar
tribulaciones poco comunes. No se dejó abatir por ellas. Otras veces se
le ofrecieron grandes honores, que no le sedujeron. Durante su vida espiritual,
tanto en los acontecimientos importantes como en las humildes ocupaciones
en medio de las cuales le vieron vivir sus hijos durante varios años,
permaneció siempre con igualdad de ánimo.
Cuando Dios se encuentra en el hombre, las tribulaciones no pueden quebrantar
la estabilidad de su vocación. El hombre íntegro dirigido por la medida
de la razón donde Dios habita, no se verá turbado. Aquí se ve cómo la
igualdad de ánimo es una virtud, porque es Dios mismo quien la informa.
Si el alma de San Bruno no se dejó abatir nunca por las desgracias de
la adversidad, ni ensoberbecer en la prosperidad, fue porque en definitiva
todo lo refería a la gloria de Dios.
Cordura - Prudencia - Equilibrio
Hemos visto ya cómo San Bruno se ha mostrado plenamente enamorado del
Señor por su elección de la soledad, su desprendimiento total, la pureza
de su ideal, la firmeza de su propósito de dedicarse a la vida contemplativa.
Podríamos esperar, sin duda, verle extremoso en el uso de los medios de
ascesis por los que el alma sube a Dios. Pero, por el contrario, vamos
a ver en él en la consecución de su ideal, una cordura, una ponderación,
una mesura en las austeridades verdaderamente notables. Estos rasgos,
a nuestro modo de ver, son esenciales en él, tanto más, cuanto se apartan
de los extremismos frecuentes en su época ...
La persona de San Bruno respira serenidad y equilibrio humano. La austeridad,
según él, ha de ir guiada por la razón. El Santo tiende a una vida llena
de discreción, de cordura y prudencia; en una palabra, razonable. Y para
él es éste un principio necesario en una vida austera, para perseverar
en la observancia y para que el hombre no pierda la aptitud para esta
observancia estricta. El alma debe dilatarse hacia Dios y no vivir en
tensión por un esfuerzo demasiado rígido. La posición de San Bruno es
bien clara.
Tacto - Bondad
No existía en él dureza, sino una firmeza mezclada con una abundante
dosis de suavidad. Los monjes de Calabria que habían vivido bajo su gobierno
anotaron cuidadosamente este detalle: "...Siempre fue sencillo en sus
palabras; a la firmeza de un padre unía el corazón de una madre. No fue
dominador, sino manso como un cordero".
Armonizaba el ejercicio de la autoridad con la prudencia y la bondad.
No es el asceta severo que jamás quisiera permitir una mitigación en la
austeridad, ni el espiritual deshumanizado desconocedor de las flaquezas
de la naturaleza humana, ni el superior rígido sin entrañas de compasión.
Se interesa por los demás, por su equilibrio y por su salud. Los mismos
principios encontramos en San Bruno a propósito de la corrección de faltas.
La mejor prueba del tacto y moderación de Bruno en el cargo de superior,
es la afición cobrada por sus hijos hacia su persona, tanto en la Gran
Cartuja como en Calabria. Lo prueban hechos irrecusables: "vivían unidos
a él por los lazos de un afecto verdaderamente familiar".
La carta a los monjes de la Gran Cartuja manifiesta una gran bondad
en San Bruno. La bondad de nuestro santo parece haber impresionado de
modo especial a sus contemporáneos, y quienes le habían tratado señalan
esta característica de la bondad como muy típica en él.
Algunos de los títulos fúnebres nos aportan preciosos testimonios de
las dotes de su corazón. Nos dicen que, además de la ciencia, poseía esa
influencia especial que cautiva y arrastra a las almas: "Este Padre, ilustre
fundador de una Orden monástica, se mostró siempre ejemplar a sus hermanos,
y les enseñó a menospreciar la vileza de este mundo aspirando a las mercedes
de la patria celestial. Creemos que no es necesario llorar por sus faltas;
debe gozar ya del descanso de la gloria. Pues si algún santo ha merecido
el descanso por su virtuosa vida, éste goza ya del eterno descanso por
sus muchos méritos. De ilustre posición en nuestra urbe, era el sostén
y el honor de los suyos. Sonreíale la fortuna y arrastraba tras de sí
como nadie la estima de todos, por su bondad, su pericia en las artes,
su elocuencia y su riqueza. Todo lo pospuso a Cristo y siguiéndolo despojado
de todo, se retiró con otros al yermo".
"Este doctor tuvo tales dotes de corazón y de palabra, que sobrepasaba
a todos los maestros del orbe. Reflexivo, bueno, elocuente en su expresión
...".
Verdaderamente había algo en el corazón de Bruno que conquistaba las
almas. Las dos cartas escritas desde Calabria reflejan la misma bondad.
Allí explica San Bruno cómo amaba el Bien, hontanar de toda bondad.
El verdadero sentido, en la mente de Bruno, de la exclamación "Oh Bonitas"
, no es la bondad derramada por el Señor en las criaturas, mero reflejo
o analogía de la suya. Tampoco se trata de la bondad tal como la representamos
en nuestros pobres conceptos humanos, como una perfección perteneciente
a Dios, pero distinta de Él, incapaces como somos de considerar como simple
lo que en sí excluye toda composición. Para San Bruno la fórmula en toda
su exactitud teológica es mucho más rica y profunda, es el mismo Dios,
bondad por esencia.
Devoto de contemplar a Dios en este atributo, el Santo vino a convertirse
en un reflejo de tal bondad. Si se le amaba tanto, si se menciona tanto
su bondad, es porque la irradiaba como fruto de la plenitud de su unión
con Dios.
Obediencia - Pobreza
Toda su vida ha sido un testimonio de su amor a la Iglesia y de su obediencia
a las directrices de los Sumos Pontífices. En Reims, se muestra plenamente
este espíritu de sumisión en las luchas contra el arzobispo simoníaco.
Más tarde, hallaremos en Bruno el mismo amor a la Iglesia en su obediencia
a la llamada del Sumo Pontífice a Roma, y, en su lecho de muerte, volveremos
a encontrarla en su hermosa profesión de fe.
Esta obediencia por él practicada la quiere también para sus hijos.
Al conocer por relación de Landuino la perfección en la obediencia de
los conversos de la Gran Cartuja, noticia que le causó gran gozo, toma
de ahí ocasión para exponer sus puntos de vista sobre el particular. Para
él la obediencia es la clave de bóveda en la vida monástica. El Santo
deja entrever al mismo tiempo los esfuerzos que semejante virtud exige
ylos frutos que produce si va informada por el amor.
Quiere que todas las cosas vayan ordenadas con regla y medida, y para
conseguirlo concede a la obediencia el derecho de inspeccionarlo todo.
Textos, directrices suyas, sucesos de su vida, todo converge hacia un
fin de ponderación y buen sentido. Más tarde, se verá a dom Guigo tomar
las mismas posiciones exactamente que San Bruno y sobre las mismas bases.
Someterá cuidadosamente a la obediencia la vida toda del solitario.
Reuniendo los distintos textos que poseemos, tendremos una vista panorámica
sobre el sentir de Bruno en materia de obediencia. Conjunto armónico,
lleno de equilibrio y buen sentido, exigente y estimulante al mismo tiempo,
e impregnado de bondad. Nos conviene retener en resumen esta perspectiva
de una obediencia que, animada de un torrente de fervor, conduce a la
libertad y al gozo.
Ya hemos advertido en San Bruno un maravilloso espíritu de desprendimiento.
Este espíritu se manifiesta en particular con respecto a los bienes materiales.
El cargo ejercido por él en Reims llevaba consigo honores y riquezas
temporales. El abandono de estas riquezas parece haber causado honda impresión
en la ciudad de Reims: "Todo lo despreció, y, pobre, se adhirió a Cristo.
Prefirió vivir pobre por Cristo que rico para el mundo, cumpliendo en
su integridad los preceptos divinos".
Este título fúnebre de Reims tiene un valor excepcional por estar allí
bien informados de la vida del Santo.
Después de haberlo dejado todo en Reims, Bruno vivió en Sèche- Fontaine
instalado muy pobremente al parecer, ya que no se construyó allí nada
estable sino después de su partida. En la Cartuja, la pobreza era mucho
más estrecha. Al llegar no había nada; los recursos eran casi nulos y
el clima duro. Más tarde le ofrecieron la vida en la corte romana, un
arzobispado, puestos honoríficos... No aceptó ninguno y se fue a instalar
en un lugar donde no había nada. El recuerdo de los sucesos ocurridos
en Reims permaneció en él tan vivo como el primer día; el mismo horror
a la riqueza, la misma certeza de que el exceso de bienes materiales es
un grave obstáculo para la donación total del alma a Dios.
En Chartreuse y en Calabria aceptó, sin embargo, las tierras y bienes
necesarios para salvaguardar la soledad y la vida contemplativa, porque
su prudencia le dictaba que todo esto era indispensable.
Hay que añadir que San Bruno no ha establecido una doctrina sobre la
pobreza tal como él la entendía; no se ocupó de la pobreza en cuanto tal.
Ésta se vio implicada necesariamente en su elección de una soledad consagrada
exclusivamente a Dios, en un lugar alejado de toda vivienda humana. Para
una vida contemplativa de este tipo, se necesita tener un alma libre realmente
de cualquier apego. Todos los sucesos de la vida de San Bruno muestran
cómo se iba despojando cada vez más de los bienes materiales para alcanzar
una liberación mayor, para vivir en la soledad una vida espiritual más
pura. Sabemos ya que él quería practicar la obediencia por amor a la libertad.
Del mismo modo su pobreza es una liberación para darse al Señor. Es éste
un carácter común de la pobreza para todo monje, pero en Bruno tal carácter
está marcado con un relieve especial a causa de la vida puramente contemplativa
que él se propone.
Alegría
Los religiosos de Calabria señalaron un rasgo especial de la fisonomía
de su Padre Bruno: "Siempre estaba con cara alegre...".
Tocamos aquí, al parecer, un punto esencial en la actitud espiritual
de nuestro Santo: alegría, acción de gracias. La carta a los monjes de
la Cartuja desborda en estos sentimientos:
"Alegraos, pues, mis carísimos hermanos, por vuestra dichosa suerte
y por la liberal mano de la gracia de Dios para con vosotros... Alegraos
por haber alcanzado el reposo tranquilo y seguro del más resguardado puerto,
que no se ha concedido a otros muchos pese a sus deseos y esfuerzos".
No está ausente tampoco el tema del gozo espiritual en la carta a Raúl
Le Verd. El pensamiento de las alegrías de la gloria eterna ha traído
a San Bruno al desierto, donde ha encontrado "el gozo del Espíritu Santo".
Para él, la vida de soledad en Dios se desarrolla ambientada en un profundo
gozo del alma. Esta vocación, indudablemente, se ve privada de muchas
satisfacciones que serían legítimas en otras formas de vida; se mantiene
de la fe sin estimulantes exteriores; puede atravesar por momentos de
cruz y por horas grises. Pero está en posesión del mayor gozo que puede
existir: vivir consagrado exclusivamente a dar gloria a Dios.
*******
Amor a la soledad, consagración total a Dios dedicándose al Único necesario,
firmeza de voluntad, estabilidad; y también cordura, prudencia, equilibrio
humano; naturaleza inclinada a la amistad y a la bondad, suavidad en las
relaciones con sus inferiores; en fin, sólidas virtudes espirituales todos
estos rasgos se funden en un conjunto armonioso que se manifiesta por
la igualdad de ánimo de San Bruno entre los suyos. La raíz de todo ello
está en la intimidad que tuvo siempre el Santo con Cristo...
Podemos concluir diciendo que de su persona emanaba un sello característico.
Inspiraba confianza. Tanta bondad, tanto equilibrio, tan gran deseo de
buscar a Dios con amor absoluto y total, fascinó hace 900 años a sus seis
compañeros y sigue fascinando a las puertas del 2000 a muchas almas.
Maestro de gran penetración, luz y guía en el camino que conduce a las
cumbres de la sabiduría. Fuente de doctrina, perla de sabiduría, ejemplo
de bondad. Bruno no sólo suscitaba admiración, sino que conquistaba simpatías
y amistades.
Hombre de gran rectitud y elevación moral innegables con una admirable
fuerza de carácter para proseguir hasta el fin, pase lo que pase, lo que
juzga ser la voluntad de Dios con respecto a él. Ni las dificultades,
ni las amenazas, ni los abandonos llegarán a apartarle de un proyecto
cuando en su alma y en su conciencia juzga que es la voluntad de Dios.
A la bondad se añade la prudencia, prudencia en la palabra, en los consejos,
en su conducta.
Sencillez y humildad de alma, bondad,desprendimiento, gran honradez,
que le adquirió fama de integridad, rectitud y equilibrio, de fidelidad
y lealtad que ninguna prueba logró poner en duda.
Podemos decir que fue un alma totalmente entregada al amor de Dios,
y que sólo vivió para Dios y los demás.
CARTAS
DE SAN BRUNO (4)
A
RAÚL LE VERD,
PREBOSTE DEL CAPÍTULO DE REIMS
Al venerable señor Raúl, preboste de Reims, envía Bruno sus saludos,
con un espíritu de caridad muy puro.
Brilla en ti la fidelidad a una antigua e inquebrantable amistad, tanto
más admirable y digna de elogios cuanto más rara es encontrarla entre
los hombres. A pesar de la distancia y el tiempo que han separado nuestros
cuerpos, jamás tu afecto se ha separado de su amigo. Lo atestigua la extrema
amabilidad de tus cartas en las que me repites lo entrañable de tu amistad,
los numerosos favores que me has prestado a mí y al hermano Bernardo por
mi causa, y otras muchas atenciones. Mi agradecimiento no está, por cierto
a la altura de lo que tú mereces, pero brota de la fuente límpida del
amor, en pago a tanta bondad.
Un viajero, bastante de fiar en otras ocasiones, salió hace tiempo de
aquí llevando una carta que a ti yo te dirigía. Como no ha regresado,
me parece justo enviar a uno de los nuestros para que ponga al corriente
a tu caridad de mi existencia. Por escrito no me sería posible explicarlo
extensamente; de viva voz, él lo hará con todo detalle.
Sepa tu dignidad -y sin duda no te será indiferente- que la salud de
mi cuerpo es buena (ojalá lo fuera también la del alma), y que lo concerniente
a los asuntos exteriores va todo bien. Pero, en verdad, estoy esperando
con insistente oración, un gesto de la divina misericordia que sane mis
miserias interiores y colme mi anhelo.
Estoy en Calabria con otros hermanos, hombres religiosos, algunos muy
cultos, que montan fielmente una guardia santa, esperando el regreso de
su Señor para abrirle apenas llame. Vivo en un desierto, alejado de poblado
por todas partes. ¿Cómo hablar de modo adecuado de su encanto, de su aire
sano y templado, de la vasta y graciosa llanura que se extiende ente los
montes, con sus verdes prados y sus pastos en flor? ¿Quién se atrevería
a describir la perspectiva de las colinas que se elevan suavemente por
doquier, el retiro de los valles umbríos donde abundan ríos, arroyos y
manantiales? Sin contar las huertas de regadío y los vergeles de variados
árboles.
Mas, ¿por qué detenerme en estas cosas? Otros son los placeres del sabio,
infinitamente más agradables y útiles, porque divinos. Sin embargo, cuando
el rigor de la disciplina regular y los ejercicios espirituales fatigan
al frágil espíritu, éste suele encontrar solaz y descanso en tales deleites.
En efecto, el arco siempre tenso, pierde su fuerza y ya no sirve más.
Cuánta utilidad y gozo divinos aportan la soledad y silencio del desierto
a sus enamorados, sólo lo saben quienes lo han saboreado.
Aquí los hombres ardientes pueden, siempre que lo desean, entrar y permanecer
en su interior; hacer germinar vigorosamente las virtudes y alimentarse
con fruición de los frutos del paraíso.
Aquí se busca activamente aquel ojo cuya límpida mirada hiere al Esposo
de amor, el amor puro y transparente que ve a Dios.
Aquí nos acucia un descanso muy ocupado y nos inmovilizamos en una tranquila
actividad.
Aquí, por el esfuerzo del combate, concede Dios a sus atletas la esperada
recompensa: la paz que el mundo ignora y el gozo en el Espíritu Santo.
Esta es la bella Raquel, tan graciosa, preferida de Jacob aunque le
diera menos hijos que Lía, más fecunda pero de ojos apagados. En efecto,
los hijos de la contemplación son menos numerosos que los de la acción;
pero José y Benjamín son preferidos por su padre a todos sus hermanos.
Esta es la mejor parte escogida por María y que no le será quitada.
Esta es la hermosa Sunamita, única doncella elegida en todo Israel, para
estrechar en su seno y dar calor al anciano David.
Y tú, hermano mío queridísimo, ¡ojalá la ames sobre todas las cosas,
para que prendido en sus abrazos ardas de amor divino! Si naciera en tu
alma el cariño por ella, pronto te hastiaría esa seductora y mentirosa
halagadora que es la gloria del mundo, rechazarías sin esfuerzo las riquezas
cargadas de abrumadoras preocupaciones para el espíritu, y te repugnarían
los placeres, tan nocivos al cuerpo como al alma.
Tu prudencia no te permite ignorar quién es el que dijo: "Quien ama
al mundo y todo lo que hay en el mundo -es decir, el placer de la carne,
los ojos insaciables y la ambición- no lleva dentro el amor del Padre".
Y también: "Quien es amigo del mundo, se convierte en enemigo de Dios".
Entonces, ¿existe peor desorden, comparable manifestación de un espíritu
desviado y degenerado, actitud más funesta y lamentable que erigirse contra
aquél cuyo poder es irresistible o cuya justicia se cumple inexorablemente,
pretendiendo declararle guerra? ¿Somos acaso más fuertes que Él? Hoy su
bondad nos invita, sin desalentarse, a la penitencia, pero ¿quiere eso
decir que no acabará por castigar la injuria que cometemos al despreciarle?
¿Hay algo más contrario y más opuesto a la razón, a la justicia y a la
misma naturaleza, que amar más a la criatura que al Creador, que buscar
los bienes pasajeros más que los eternos, las cosas de la tierra más que
las del cielo?
¿Qué hacer entonces, carísimo? ¿Qué hacer sino creer los consejos divinos,
creer a la Verdad que no puede engañar? Ella da esta advertencia a todos:
"Venid a mí todos los que andáis cargados y agobiados y yo os aliviaré".
¿Y no es una carga terrible e inútil estar atormentado por sus deseos,
verse sin cesar maltrecho por las preocupaciones y angustias, por el temor
y dolor que engendran tales deseos? ¿Hay carga más abrumadora que aquella
cuyo peso, con la mayor injusticia, precipita al alma de la cima de su
sublime dignidad hasta lo hondo de la sima? Huye, hermano mío, huye pues
de estas turbaciones e inquietudes y pasa de la tempestad de este mundo
al reposo y a la seguridad del puerto.
Conocido es de tu prudencia lo que la misma Sabiduría nos dice: "Quien
no renuncia a cuanto posee, no puede ser discípulo mío". Cuán hermoso,
útil y agradable es frecuentar su escuela, bajo la dirección del Espíritu
Santo, para aprender la divina filosofía, única a hacernos verdaderamente
felices, ¿quién no lo ve?
Para ti, pues, es de la mayor importancia examinar tu situación con
la máxima discreción y prudencia. Y si el amor de Dios no te atrae, si
el atractivo de tales recompensas no te conmueve, déjate al menos obligar
por el temor de un castigo ineludible.
Bien sabes qué compromiso te ata, y a quién. Poderoso y temible es aquél
a quien has hecho voto de entregarte como ofrenda agradable a sus ojos:
no tienes derecho a faltarle a la palabra dada, y ni siquiera a ti te
interesa hacerlo, pues no soporta que, impunemente , se burlen de Él.
Acuérdate, amigo mío querido: nos hallábamos un día los dos, junto con
Fulcuyo el Tuerto, en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, en la
que por entonces me hospedaba. Los placeres engañosos, las riquezas perecederas
de este mundo y las alegrías de la gloria sin término, me parece que ocuparon
un rato la conversación. Entonces, inflamados de amor divino, prometimos
e hicimos voto de abandonar sin tardanza el siglo fugitivo, para ir en
búsqueda de las realidades eternas y recibir el hábito monástico. Todo
lo hubiéramos cumplido rápidamente si Fulcuyo no hubiera marchado entonces
a Roma; dejamos ejecutarlo a su regreso. Se retrasó, intervinieron otros
motivos; se enfriaron los ánimos; el fervor se disipó.
¿Qué hacer entonces, carísimo, sino librarte cuanto antes de tal deuda,
si no quieres incurrir en la cólera del Todopoderoso y por lo mismo en
atroces suplicios, en castigo a esa tan grave y prolongada falta de palabra?¿Qué
poderoso de este mundo dejaría impunemente a uno de sus súbditos defraudarle
un don que le hubiera prometido, sobre todo si lo considera de valor excepcional
? Por tanto, presta atención no a mis palabras sino a las del profeta,
o mejor dicho a las del Espíritu Santo: "Haced votos al Señor vuestro
Dios y cumplirlos, todos los que a su alrededor traéis ofrendas: Él infunde
terror, Él deja sin aliento a los príncipes, Él infunde terror a los reyes
del orbe". Oyes al Señor, oyes a tu Dios, oyes a aquél que infunde terror,
oyes al que infunde terror a los reyes del orbe. ¿A qué viene tal insistencia
del Espíritu Santo, si no a urgirte que cumplas el voto que has prometido?
¿Por qué cumplir con pesar, lo que no acarreará ni pérdida ni disminución
de tus bienes? Tú serás quién hallarás las máxima ventajas y no aquél
a quien entregues lo que le es debido.
No te retengan, pues, las riquezas engañosas incapaces de remediar la
miseria, ni el brillo del cargo de preboste que no puede ejercerse sin
poner el alma en grave peligro.
Te encuentras ahora constituido administrador de los bienes ajenos y
no su propietario. Si los empleas para tu uso personal -no te irriten
mis palabras- haces algo tan odioso como injusto. Si el lujo y el fasto
te atraen y mantienes un gran tren de vida, ¿no te verás obligado a suplir
la escasez de bienes adquiridos honradamente, encontrando el modo de quitar
a unos lo que ofrezcas a otros? Y esto no es hacer el bien ni ser generoso,
pues no hay nada generoso si no es también justo.
Quisiera que tu dilección se convenciera todavía de otra cosa. Monseñor
el Arzobispo pone gran confianza en tus consejos y se apoya gustoso en
ellos. Es fácil dar consejos, aunque no todos sean justos o útiles, y
la idea de los servicios que le prestas no debe impedirte dar a Dios el
amor que le debes. Ese amor, cuanto más justo es, tanto es más útil.
Sí: ¿hay algo más justo y más útil, o mejor dicho, hay algo tan hondamente
arraigado y tan plenamente adaptado a la naturaleza humana como amar el
bien? ¿Y hay otro ser, fuera de Dios, cuya bondad pueda compararse a la
suya? ¿Qué digo: hay otro bien fuera de Dios sólo?
Por eso, ante ese bien cuyo incomparable fulgor, esplendor y hermosura
se presienten, el alma santa se abrasa en el fuego del amor: "Con todo
mi ser -exclama- tengo sed del Dios fuerte, del Dios vivo; ¿cuándo iré,
pues, a ver el rostro de Dios?"
¡Ojalá, hermano, no desdeñes esta amigable reconvención!¡Ojalá no hagas
oídos sordos a las palabras del Espíritu Santo!¡Ojalá, amadísimo, satisfagas
mi deseo y mi larga espera! Cese en mi alma el tormento de las inquietudes,
preocupaciones y temores que siente por ti. Pues si te ocurriera -Dios
te libre- dejar esta vida antes de cumplir tu voto, me dejarías sumido
en una continua tristeza, sin el consuelo de esperanza alguna, desgarrado.
Por tanto, quisiera doblegarte con mis insistencias: con motivo, por
ejemplo, de una peregrinación a San Nicolás, ten la condescendencia de
venir a verme. Verás a aquél que te ama con un amor sin igual. Podremos
conversar de viva voz de nuestros comunes intereses. Confío en el Señor
que no te pesará afrontar las molestias de tal viaje.
He traspasado los límites corrientes de una carta: no pudiendo tenerte
a mi lado, he permanecido al menos mucho tiempo contigo al hablarte.
Guárdate de todo mal, hermano mío, vela por tu salud y no olvides mi
consejo. Tal es mi más ardiente deseo.
Te suplico que me envíes la vida de San Remigio, ya que es imposible
encontrarla por estos contornos.
Adiós.
A
SUS HIJOS DE CHARTREUSE
Fray Bruno, saluda en el Señor, a sus hijos ardientemente amados en
Cristo.
Me he enterado del inflexible rigor de vuestra observancia razonable
y digna de todo elogio, gracias al detallado y consolador relato que me
ha hecho nuestro tan afortunado hermano Landuino; le he escuchado contarme
vuestro santo amor y vuestro incansable celo por la pureza de corazón
y la virtud. Por este motivo, mi espíritu exulta en el Señor.
Sí, exulto y me siento impulsado a alabar y a dar gracias al Señor;
y sin embargo, suspiro amargamente. Exulto, como es debido, al ver crecer
y fructificar vuestras virtudes; pero sufro y me avergüenzo de permanecer
estéril y negligente, postrado en el oprobio de mis pecados.
Alegraos, pues, mis carísimos hermanos, por vuestra feliz suerte y por
la abundancia de gracias que Dios ha prodigado en vosotros.
Alegraos de haber escapado de las tumultuosas aguas del mundo, y de
todos sus peligros y naufragios.
Alegraos de haber llegado a poseer el sosiego y la seguridad, anclando
en el más resguardado puerto.
Muchos son los que quisieran arribar a él; muchos, incluso, se esfuerzan
por alcanzarlo, sin lograrlo; muchos, en fin, después de haberlo conseguido,
no son admitidos, porque a ninguno se lo había concedido el cielo.
Por tanto, hermanos míos, estar seguros y convencidos: quien ha gozado
de esta dicha tan deseable y luego la pierde, por la razón que sea, sentirá
un continuo pesar, si tiene algún interés por el bien de su alma.
De vosotros, mis amados hermanos laicos, digo: "Mi alma glorifica al
Señor", pues veo su inconmensurable misericordia descansar sobre vosotros,
al oír hablar a vuestro amantísimo Padre y Prior, que tanto se gloría
y se goza de vosotros.
También yo reboso alegría, viendo que en vosotros, que no sabéis leer
ni escribir, el Dios Todopoderoso escribe con su dedo, en vuestros corazones,
el amor y el conocimiento de su santa ley. Sí; demostráis con vuestras
obras lo que amáis y lo que conocéis, cuando practicáis con tanta prudencia
y generosidad la verdadera obediencia. Es entonces, cosa evidente, que
sabéis recoger el fruto infinitamente suave y vital de lo que Dios escribe
en vosotros.
Esa verdadera obediencia que practicáis, es el cumplimiento de los quereres
de Dios; al mismo tiempo abre acceso a la sumisión completa según el Espíritu,
de la que es signo distintivo. No puede existir sin mucha humildad y una
excepcional abnegación. Le acompaña siempre un amor muy puro del Señor
y una auténtica caridad hacia los demás.
Permanecer, pues, hermanos míos, donde habéis llegado, y huir como de
la peste de esa pandilla malsana de laicos inconsistentes. Difunden por
todas partes sus escritos, musitando cosas que ni comprenden ni aman y
a las que contradicen con sus palabras y sus obras. Ociosos y giróvagos,
se constituyen en detractores de quien lleve una vida religiosa y buena.
Se creen dignos de elogio si difaman a quienes lo merecen, ellos a quienes
la obediencia y cualquier disciplina les resulta odiosa.
Quise retener conmigo al hermano Landuino a causa de sus graves y muchas
enfermedades. Pero para él es imposible recuperar la salud, la alegría,
la vida o algo que valga la pena, estando lejos de vosotros, y no ha aceptado.
Sus abundantes lágrimas por vosotros, sus reiterados suspiros testimonian
elocuentemente lo mucho que contáis para él, y el amor inquebrantable
que os profesa a todos. Por eso no he querido forzarle para no herir a
nadie: ni a él ni a vosotros, que me sois tan queridos por vuestras virtudes.
Pero entonces, hermanos, os advierto con toda franqueza, os suplico
e insisto: manifestad en actos el amor que encerráis en vuestro corazón
por él, vuestro Prior y Padre amadísimo. Con delicadeza y atención, procurarle
todo cuanto exigen sus diversas enfermedades.
Es posible que rechace esos afectuosos servicios, prefiriendo comprometer
su salud y su vida antes que faltar en algo al rigor de la observancia.
Pero no es cuestión de aceptar eso. Tal vez se avergüence, él, el primero
de la comunidad, al verse el último en este punto y tema que por su culpa
alguno caiga en la relajación; pero a mi juicio, no hay nada que temer
en este sentido.
No queriendo, sin embargo, que quedéis privados de esta gracia, os autorizo
a hacer mis veces, de modo que podáis obligarle, respetuosamente, a aceptar
lo que dispongáis para su salud.
En cuanto a mí, hermanos, tenedlo bien presente: después de Dios no
tengo más que un deseo, ir a veros. Y en cuanto pueda lo realizaré con
la ayuda de Dios.
Adiós.
Comentario de las cartas
Estas dos cartas son las únicas que conservamos y datan de los últimos
años de Bruno cuando disfrutaba de la soledad en Calabria.
La carta a Raúl Le Verd está fechada entre 1096 y 1101 -siempre con
cierta aproximación- y la carta a Chartreuse entre 1099 y 1100.
En ambas podemos observar que se expresa libremente, con toda nitidez.
Con Raúl usará un estilo más literario, más pulido, un tanto convencional
y erudito; con sus hermanos de Chartreuse hablará con toda sencillez,
en un lenguaje cordial y directo. Pero las dos son de una sinceridad y
una apertura de alma conmovedoras. Nos descubren en una luz discreta,
tamizada, pero maravillosa, el alma profunda de Bruno al final de su vida,
y casi al término de su experiencia de la vida puramente contemplativa.
Como ya hemos mencionado con anterioridad, Raúl era uno de los dos amigos
con quienes Bruno, en el jardín de Adam, había hecho voto de abandonar
el mundo y abrazar la vida monástica.
Los años habían pasado. Bruno había cumplido su voto, y Raúl había vuelto
a Reims y vivía allí. La amistad entre Bruno y Raúl no se enfrió. Según
nos dice el mismo Bruno, Raúl le había escrito cartas encantadoras dándole
delicadas muestras de amistad.
Su amistad está enraizada en Dios. Por eso se inquieta por el futuro
espiritual de su amigo. Raúl había hecho años atrás un voto preciso, formal,
y no lo había cumplido. No estaba en regla con Dios. En este supuesto,
Bruno expone a Raúl la gravedad de su situación, con energía y a veces
quizá con rudeza, pero siempre con mucho tacto.
Es de notar, que la trama de esta carta la constituye el amor de Dios.
Sólo el amor de Dios explica y justifica, por decirlo así, la vida contemplativa.
Pero no un amor de Dios vivido de modo vulgar, sino un amor de Dios ferviente,
abrasador. Un amor excepcional como el que en otro tiempo infundiera el
Espíritu Santo en el corazón de los tres amigos reunidos en el jardín
de Adam.
Al conjurar a su amigo, tiene el convencimiento de no ser mas que el
intérprete del Espíritu Santo que urge a Raúl en su interior. Aquí se
funda la esencia, la actitud fundamental de esta vocación contemplativa.
El contemplativo según San Bruno, es aquel que vive la visión cara a cara
de la eternidad, al menos como preludio y esperanza. Espera y posesión
actual, deseo y gozo, lucha y recompensa, desierto y al mismo tiempo vergel,
tal es la vocación puramente contemplativa según él.
Llegamos a una idea fundamental para Bruno: la idea de "quies", de reposo
o sosiego. Idea central en la concepción cartujana de la vida contemplativa.
Este reposo es le fruto de la fe, la esperanza y el amor, incluyendo una
buena dosis de prudencia, equilibrio, bondad, paciencia, virginidad espiritual.
"Quietus" será el epíteto privilegiado para calificar "el puerto de la
vida monástica", tanto en la carta a Raúl Le Verd, como en la escrita
a la comunidad de Chartreuse.
Este reposo no es confort, seguridad, inmovilidad, pasividad. Es un
reposo activo, dinámico, anticipación del reposo divino que la contemplación
de Dios dará al alma en la eternidad.
Es indudable que, en su carta a Raúl Le Verd, Bruno ha conseguido animar
todo lo que dice con el fervor de su amor a Dios, de su alegría espiritual
y de su amistad a Raúl. Todo su corazón se vuelca en sus palabras; cuanto
dice, lo piensa, lo siente y lo vive.
En esta carta a Raúl, destaca un hecho central: la exhortación a seguir
la vocación monástica, con los motivos entonces alegados, las dificultades
posibles y los sentimientos que surgían en quienes trataban de retirarse
del desierto.
Bruno, deseoso de conmover el corazón de su viejo amigo, deja la palabra
a su propio corazón. La carta está escrita bajo la perspectiva de una
sutil alternancia entre la evocación de las inexorables exigencias de
la justicia del Todopoderoso, y la descripción de cuanto de seductor encierra
una vida por entero consagrada a Dios.
Cuando toca este segundo tema, es evidente que no hace retórica. En
términos apenas velados, dice que él ha vivido lo que continúa viviendo
en el momento preciso en que escribe.
Tras una lectura atenta de la carta a Raúl Le Verd, como a sus hermanos
de Chartreuse, la primera impresión que se tiene es de hallarse ante un
alma ardiente, rebosando sensibilidad espiritual.
La carta a Raúl, en su conjunto, presenta a Bruno animado de un cariño
inagotable hacia el amigo de los viejos tiempos, pese a los años y a la
distancia. Pero cuando empieza a hablar de las cosas de Dios, no le es
posible contener su emoción.
Sin embargo, no es un sentimental que se deje llevar por impresiones
superficiales. Bruno es un hombre práctico. Para él la vida contemplativa
no consiste en fomentar interminables ideas sublimes; se trata de tomar
los medios eficaces para llegar hasta Dios. Es muy consciente que su soledad
es el lugar donde "se vive un ocio activo, se reposa en una sosegada actividad".
La carta a Raúl, está por entero construida de acuerdo con ese esquema
de su pensamiento.
Bruno ha quedado definitivamente seducido por la Belleza, por la Bondad
increada en la que encuentra la plenitud de la paz, y no puede comprender
la situación de desgarramiento interior de su amigo.
*******
Por una suerte felicísima, nos ha llegado hasta nosotros otra carta
de San Bruno, dirigida a la comunidad de Chartreuse. Carta preciosa en
sí misma y muy acorde con la escrita a Raúl Le Verd.
Por añadidura, las circunstancias en que fue escrita y trasmitida le
dan una conmovedora significación. No es extraño que los primeros cartujos
la consideraran como el último testamento de Bruno a sus hijos de Chartreuse
y, al mismo tiempo, como el supremo testimonio, sellado por la muerte
de Landuino, de la vinculación de la Gran Cartuja a Bruno.
Landuino partió llevando consigo una carta de Bruno para la comunidad
de Chartreuse. Pero he aquí que, al subir hacia el norte de Italia, Landuino
cayó en manos de los partidarios del antipapa. Fue amenazado, le tuvieron
varios meses prisionero... Cuando fue puesto en libertad, estaba tan debilitado
que no pudo seguir su camino. Se refugió en el monasterio cercano de San
Andrés donde murió el 14 de septiembre de 1100, siete días después de
su liberación.
A pesar de todo, la carta de Bruno a sus hijos de Chartreuse llegó a
su destino, ya porque uno de los compañeros de viaje de Landuino escapara
de los partidarios del antipapa Guiberto, ya porque Landuino la confiara
a algún mensajero antes de morir.
Podemos imaginar con qué veneración recibirían los ermitaños de Chartreuse
este mensaje, tan precioso para ellos por doble motivo.
En esta carta a al comunidad de Chartreuse, más breve, más familiar
y menos cuidada que la escrita a Raúl Le Verd, los temas se reducen con
frecuencia a pequeñas indicaciones, por lo que hay que estar tanto más
atento para captarlas. Es esencialmente una carta de alegría, de alabanza
al Señor, de acción de gracias.
Bastaría la breve carta a sus hermanos de Chartreuse, para transmitirnos
toda la enseñanza explícita que debemos recibir de él.
Esta carta hace campear ante nuestros ojos la figura de un monje de
rasgos vigorosos y de corazón inmenso. Enamorado perdidamente de Dios
y de sus hermanos, llega hasta olvidarse de sí mismo. Su amor a Dios le
remite a sus hermanos; el cariño hacia sus hermanos le hace descubrir
en ellos un nuevo rostro del Señor.
Su vida contemplativa no queda abrumada por la presencia viva y atenta
de sus hermanos, en su corazón. No se contenta con decir que le basta
amar a Dios y que en Él ama a todos. Sus hermanos son seres concretos
que ocupan un lugar en su interior, sin turbar su atención al Altísimo.
Al contrario, ellos le revelan el amor inmenso que Dios tiene al solitario.
Su vida contemplativa se halla fundada sobre la armonía, interior y exterior,
entre soledad y vida fraterna.
Una segunda parte de la misma carta, pone de manifiesto una convicción
firmemente anclada en el corazón de Bruno: la vida que ha plantado en
lo íntimo de sus hermanos, asocia de manera radical el don puramente gratuito
que Dios les concede de una vida que destaca por su paz, silencio y obediencia,
con una observancia forzosamente austera, firme, perseverante y estable
frente a todas las seducciones del exterior.
Bruno no pide nada más a sus discípulos. El resto es cuestión de vocación
personal, que deberá desarrollarse dentro del sólido y amplio marco por
él esbozado.
Penetrar en la dichosa soledad de que habla Bruno equivale a una conversión
del corazón que recibimos gratuitamente de Dios, y que nos establece en
la paz de su amor.
¿QUÉ DICEN LOS PAPAS?
Los papas han sido siempre los defensores de los carismas particulares
que el Espíritu Santo suscita sin interrupción en la Iglesia. Los cartujos
nacieron con la bendición de Urbano II y nunca les faltó el consuelo,
el apoyo y hasta la defensa del papa. En las cuatro cartas siguientes
brilla este aprecio por Bruno y por la vida contemplativa.
No hemos transcrito las cartas en su integridad, ya que hemos creído
más oportuno, entresacar de ellas aquellas partes más interesantes para
el presente trabajo, intentando mantener en ellas la unidad y el mensaje
que quieren transmitir.
Inocencio XI. Constitución Apostólica "Iniunctum nobis" (1688)
"La Orden de los cartujos es un excelente árbol plantado por la diestra
de Dios en el campo de la Iglesia militante, y siempre fecundo en frutos
de santificación... Esta Orden y sus miembros no cesan de servir al Señor
en la contemplación de las sublimes verdades divinas.".
Pío XI. Constitución Apostólica "Umbratilem..." (1924)
"Pues, en verdad, ninguna otra condición o género de vida más perfecto
puede proponerse a los hombres, supuesta la divina vocación, para que
lo elijan y abracen; ya que la estrechísima unión con Dios de los que
pasan en el claustro su vida solitaria y silenciosa, y la interna santidad
de los mismos, es lo que mantiene en todo su esplendor esa santidad que
la Esposa inmaculada de Jesucristo ofrece a la vista de todos para que
la contemplen e imiten".
"Es práctica habitual y como principal misión de tales solitarios, el
ofrecerse y consagrarse a Dios oficialmente, digámoslo así, como víctimas
propiciatorias por la propia salvación y la de sus prójimos".
"Dios, pues, benignísimo, que en ningún tiempo ha dejado de mirar por
los intereses y necesidades de su Iglesia, escogió a Bruno, varón de insigne
santidad, para devolver a la vida contemplativa el lustro de su prístina
pureza".
"Es cosa bien sabida que los cartujos, de tal manera han conservado
en el transcurso de casi nueve siglos el espíritu de su Fundador, Legislador
y Padre, que, al contrario de lo sucedido en otros Institutos, no han
tenido nunca necesidad de corrección alguna o de reforma".
"Si en algún tiempo ha sido conveniente que hubiese en la Iglesia de
Dios tales anacoretas, mayor motivo hay para que existan y prosperen en
los tiempos actuales, donde vemos a tantos cristianos que, sin acordarse
para nada del cielo, corren en pos de las riquezas terrenas".
"Obedeciendo a las leyes propias de su Orden, no sólo exactamente, sino
más bien con cierta generosa prontitud de ánimo, y siendo la observancia
de estas leyes medio eficaz para elevar las almas a la santidad más encumbrada,
no pueden por menos estos monjes de llegar a convertirse en poderosísimos
y constantes intercesores con Dios en favor del pueblo cristiano".
Pablo VI. Carta al Ministro General de la Orden para el Capítulo General
(1971)
"Justamente se afirma que han elegido la parte mejor (Lc 10,41) aquellos
que, liberados del tumulto de las cosas del mundo, sirven a Dios con una
consagración total en la soledad del cuerpo y del corazón. Pues ellos,
despojándose de lo que en el tumulto de la muchedumbre frena al alma en
la contemplación de las verdades divinas, pueden vivir con más facilidad
aquello que, como ha afirmado espléndidamente San Teodoro Estudita, es
el fin específico del monje: El monje es el que fija la mirada sólo sobre
vvvDios, desea ardientemente sólo a Dios, se ha consagrado sólo a Dios
y se esfuerza por rendirle un culto indiviso; está en paz con Dios y se
convierte en fuente de paz para los demás".
"Esta es, sin duda alguna, una forma singular de vida, con la que de
algún modo se anticipa el modo de vivir de los habitantes de la Jerusalén
celestial. Por tanto, a aquellos que viven esta vocación solitaria se
les puede aplicar de modo singular lo que San Agustín dijo de las vírgenes:
Cuánto mejores sois vosotras, que comenzáis antes de la muerte a ser lo
que los hombres serán después de la resurrección".
"Sin embargo, no se debe considerar a los eremitas como extraños al
cuerpo de la Iglesia y a la comunidad de los hombres, pues, como claramente
ha afirmado el Vaticano II, la vida contemplativa es necesaria para la
plena presencia de la Iglesia, y los contemplativos estimulan con su testimonio
al pueblo de Dios y lo acrecientan con una misteriosa fecundidad apostólica".
"La Orden de los cartujos, con rara fidelidad, ha conservado en su pureza
e integralmente, esta vida segregada del mundo y unida a Dios, recibida
como una herencia de sus Padres, y esto se convierte en su alabanza y
honor. Interesa, pues, a toda la Iglesia que siga floreciendo, o sea,
que sus miembros, deseando dar a Dios la gloria que le es debida, gasten
colmadamente todas sus fuerzas en su adoración".
Juan Pablo II. Carta al Ministro General de los cartujos en el IX centenario
de la fundación de la Orden (1984)
"En diversas ocasiones, los romanos pontífices han aprobado esta vida
segregada del mundo y, recientemente, lo han hecho en relación a vosotros
Pío XI y Pablo VI. También el Concilio Vaticano II exaltó esta vida solitaria,
con la que los habitantes del desierto siguen de modo más cercano a Cristo
entregado a la contemplación sobre el monte, y afirmó su fecundidad misteriosa
para la Iglesia. Y, finalmente, el nuevo Código de derecho canónico reafirma
con fuerza esta verdad, declarando que los Institutos dedicados enteramente
a la contemplación tienen siempre un puesto eminente en el Cuerpo místico
de Cristo (c.674)".
"Todo esto vale para vosotros, queridos monjes y monjas de la Orden
cartujana, que, extraños al rumor del mundo, habéis elegido la parte mejor.
Por tanto, en el rápido correr de los acontecimientos que atrapan a los
hombres de nuestro tiempo, es necesario que vosotros, mirando continuamente
al espíritu original de vuestra Orden, permanezcáis firmes con voluntad
inquebrantable en vuestra santa vocación. Pues nuestro tiempo tiene necesidad
del testimonio y del servicio de vuestra forma de vida. Los hombres de
hoy, divididos por opiniones divergentes y frecuentemente turbados por
el fluctuar de las ideas, inducidos incluso a peligros de orden espiritual
por la publicación de una multitud de escritos y, sobre todo, por los
medios de comunicación que tienen un gran poder sobre los espíritus, pero
que a veces se manifiestan en oposición con la doctrina y la moral cristiana,
tienen necesidad de buscar el Absoluto, y de verlo en cierto modo probado
por un testimonio de vida".
"Darles este testimonio es vuestra misión. Y también los hijos y las
hijas de la Iglesia que se dedican a las actividades apostólicas deben,
en medio de las realidades fluctuantes y transitorias del mundo, apoyarse
sobre la estabilidad de Dios y de su amor, que ven testimoniada en vosotros,
que sois partícipes de ellas de un modo especial en esta peregrinación
terrena".
"La misma Iglesia, que como Cuerpo místico de Cristo tiene entre sus
principales tareas el deber de ofrecer incesantemente el sacrificio de
alabanza a la Majestad divina, tiene necesidad de esa vuestra piadosa
solicitud, con la que diariamente perseveráis en las vigilias divinas".
"La Iglesia está con vosotros, queridos hijos e hijas de San Bruno,
y espera grandes frutos espirituales de vuestras oraciones y de vuestras
austeridades, que sostenéis por amor a Dios. Ya hemos tenido ocasión de
decir, hablando de la vida consagrada a Dios: lo importante no es lo que
hacéis, sino lo que sois. Esto parece aplicarse de un modo especialísimo
a vosotros que os abstenéis de la vida activa. Mientras conmemoráis, pues,
los orígenes de vuestra Orden ciertamente os sentiréis impulsados a adheriros
con renovado ardor del espíritu y con alegría espiritual a vuestra sublime
vocación".
LAS MONJAS CARTUJAS
Cuando San Bruno se adentró en los bosques de Chartreuse (Francia) en
el lejano junio de 1084, no sospechaba que sería Padre de una numerosa
familia de monjes e incluso de monjas. Él y sus seis compañeros, no pretendían
más que encontrar "un lugar a propósito para la vida eremítica donde entregarse
a la contemplación del Único Bien".
Sólo después de la muerte de Bruno (1101) empezó la expansión de la
forma de vida que él iniciara. Expansión que, al principio, revistió características
propias. Los primeros monasterios de monjes cartujos se constituyeron
a partir de grupos monásticos ya existentes que adoptaron las "Costumbres"
o Regla en vigor en Chartreuse. Más tarde esos grupos se unieron y formaron
jurídicamente nuestra Orden (1140).
Análogo, en cierto sentido, fue el origen de la rama femenina de la
Cartuja. Las monjas de Prébayon (en Provenza, Francia), obtuvieron gracias
al Beato Juan de España, cartujo de Montrieux, una copia de las "Costumbres"
de la Cartuja y las adoptaron como Regla (hacia 1145). En esa época el
concepto de "Regla" era muy amplio... Al escoger una, se la podía adaptar
a las necesidades del propio monasterio, y eso es lo que hicieron las
monjas de Prébayon: tomar las "Costumbres cartujanas" conservando al mismo
tiempo ciertos usos peculiares, cosa perfectamente legítima, ya que ningún
vínculo jurídico las unía a la Orden de la Cartuja. Su filiación jurídica
se realizó hacia 1150-1155.
Esa filiación, al principio, fue principalmente de orden espiritual.
El monasterio de Prébayon, situado en un lugar muy solitario, encontró
en la espiritualidad cartujana el ideal que respondía a su estricta separación
del mundo. Pero a nivel de observancia práctica, las monjas continuaron
concediendo a la vida común un lugar más amplio que el previsto en las
"Costumbres" para los monjes.
Al multiplicarse los monasterios de monjas cartujas, la Orden fue concediéndoles
acceso a las diversas observancias cartujanas. Nunca, sin embargo, se
apresuró por establecer la observancia clave de la vocación cartujana:
la soledad estricta y personal. Se creía entonces que el temperamento
femenino no era apto para asumir dicha soledad en la misma proporción
que los monjes, y se aceptaba esa creencia sin discusión.
Pasaron los siglos. Los monasterios cartujanos femeninos, aunque no
exentos de flaquezas, conocieron épocas de fervor y santidad. Con todo,
el sello que marca nuestra historia es una larga serie de tribulaciones
que desembocan en la total extinción de nuestras casas, a raíz de la Revolución
Francesa (1792).
El año 1820 señala una nueva era: cinco monjas supervivientes de la
Revolución, se reúnen y hacen resurgir nuestra vocación. Brotan las primeras
fundaciones en Francia y luego en Italia. La vida cartujana femenina se
organiza en todos esos monasterios según las antiguas y conocidas tradiciones:
una separación formal del mundo y una vida común bastante intensa.
El siglo XX abre otros horizontes y hacia mediados del mismo se dibuja
una nueva corriente. Las jóvenes generaciones de monjas presienten, que
el espíritu de desierto de la Cartuja sólo puede vivirse plenamente, si
tanto la observancia como las estructuras externas están realmente de
acuerdo con él. Un deseo cada vez mejor definido bulle en un buen número
de monjas; se anhela una vida cartujana plena, en la que la soledad ocupe
un lugar semejante al que San Bruno y sus hijos le han concedido desde
el principio. Lentamente se inicia una orientación hacia una soledad efectiva.
Los actos comunes se reducen poco a poco y, tras muchos tanteos y experiencias,
se llega a realizar lo que Bruno quiso para sus compañeros y lo que ciertamente
hubiera deseado para aquellas que lo tenemos por Padre: una auténtica
vida solitaria compartida fraternalmente.
Las monjas cartujas en España
Comparando la familia cartujana con otras Órdenes monásticas, se advierte
que en la Iglesia somos "un pequeño rebaño", y esto cabe aplicarlo de
modo especial a la rama femenina. Nuestros monasterios, cuando más, no
superaron el número de diez. Casi todos se concentraron en el sur-oeste
de Francia y en el norte de Italia: sólo hubo dos en Bélgica y hasta hace
poco ninguno en España.
¿Cómo explicar que nuestro país, de tan honda tradición contemplativa
y cartujana, haya tardado tanto en tener en su suelo a las hijas de San
Bruno? Misterio de la Providencia, que puede esclarecerse algo considerando
que la existencia de monjas cartujas ha sido, y es aún hoy día, ignorada
en muchos ambientes eclesiásticos que sólo conocen la rama masculina.
Además en el pasado, algunas vocaciones a la vida cartujana femenina preferían
orientarse hacia otro género de vída contemplativa antes que verse obligadas
a dejar nuestra patria. Por último, nuestra Orden siempre se ha mostrado
reservada al promover las fundaciones, no aceptándolas más que si podía
asegurar a las monjas una existencia verdaderamente solitaria e independiente.
Sin embargo, hacia 1949, en ciertos ambientes femeninos de España se
despertó un vivo interés por la Cartuja, y, ante las repetidas demandas,
el Capítulo General de la Orden designó una Cartuja de monjas de Italia,
la de San Francesco, para recibir y formar a las aspirantes españolas,
mientras se procedía a buscar un lugar adecuado para establecerlas en
España.
En 1960, se empezó la reconstrucción de la antigua abadía cisterciense
de Santa María de Benifaçà (Castellón) para acondicionarla y transformarla
en monasterio cartujano. En 1967, los edificios del interior de clausura
estaban terminados, y un grupo de monjas españolas, procedentes de la
Cartuja de San Francesco, depositaron en este desierto la primera semilla
de la vida cartujana femenina en España.
Santa María de Benifaçà se halla en un paraje privilegiado: un rincón
agreste, en plena montaña, un verdadero "desierto cartujano". Sin embargo,
nuestro monasterio lleva inscrita en su estructura la transición que hemos
vivido las monjas cartujas en estos últimos años. Iniciada su reconstrucción
cuando el Capítulo General no se había pronunciado sobre nuestra orientación
a la soledad personal, sus edificios, vistos del exterior, ofrecen el
aspecto cenobítico propio de nuestras antiguas casas. Pero en 1975, se
hicieron en el interior las necesarias modificaciones, de modo que las
monjas disponemos de celdas y de un marco ambiental con todas las características
propias de la vocación solitaria-cartujana.
Ideal y espiritualidad cartujana
Hablar de la espiritualidad y del ideal de la Cartuja es dirigir sencillamente
una mirada agradecida hacia la roca de que fuimos talladas, hacia nuestro
padre San Bruno. Este nombre evoca, para nosotras sus hijas, |